“Auschwitz no tiene fin”

Diálogo del dramaturgo Heiner Müller con jóvenes directores franceses en Berlín, septiembre de 1992.

‘Germania 3: Gespenster am toten Mann, de Heiner Müller. Opéra de Lyon. Alexander Raskatov / © Stofleth

Sr. Müller, Ud. ha escrito mucho sobre historia, especialmente sobre la historia del nacionalsocialismo alemán. ¿Se trata de un material teatral específicamente alemán?

Mao Tsé-Tung dijo que el nacionalsocialismo fue invencible sólo mientras atacaba. Fue un ataque en el vacío, en el espacio vacío, sólo movimiento, sin reservas. Cuando el ataque se detuvo ante Moscú, se acabó. La primera parada fue el fin. Y el cerco de Stalingrado, el ataúd de Atila. El único material nacional son los Nibelungos.

¿Y Auschwitz tampoco es un material nacional? ¿Se puede eludir de algún modo este material del teatro?

Es difícil. En una ocasión arriesgué mi vida en Yugoslavia. Habían invitado al Volksbühne para que representase LA BATALLA. ESCENAS DE ALEMANIA. Después hubo un debate. Allí dije imprudentemente: Hitler no era bueno en geografía, hizo en el corazón de Europa lo que un europeo decente sólo habría hecho en África o en Asia. El genocidio era algo normal en las colonias, pero no era habitual en Europa. Ésa fue la desviación de Hitler. La otra cuestión es que el antisemitismo alemán fue con toda probabilidad tan extraordinariamente cruel porque procede de un trauma primigenio. Resulta extraño, cuando la contemplamos hoy, ver que la terminología nazi era a menudo judía, “el imperio de mil años” (das Tausendjährige Reich), por ejemplo, un término judío. Hasta 1933 había más antisemitismo en Polonia, en Rusia, en Europa oriental. En Alemania estaba más oculto, a diferencia de Francia o de los EE.UU. A propósito de esto existe una teoría que me parece interesante. Tras la caída de Roma, los primeros misioneros cristianos llegaron a territorio franco, que era el territorio común para Francia y Alemania. Los misioneros dijeron a los francos: vosotros sois el pueblo elegido, y como tal debéis ser los primeros en tomar la cruz. Y tomaron la cruz. Cien años después llegaron los judíos a Europa, otro pueblo elegido. Como no puede haber dos pueblos elegidos, uno de ellos tenía que marcharse. Esto es totalmente irracional, pero los nazis reflotaron esa idea del subconsciente nacional.

Todo esto tiene que ver también con Hitler. Existe la leyenda de que la primera orden secreta de Hitler tras el Anschluss habría sido la de evacuar un pequeño pueblo al norte de Austria y destruirlo por completo. Que este pueblo se convertiría después en una zona de entrenamiento militar. Y que este pueblo era el lugar donde estaba enterrada la abuela materna de Hitler. Circulaba el rumor de que esta abuela tuvo una relación con un judío. De ahí provendría también la energía de Hitler, su miedo y su odio a la sangre judía, que él creía tener. Otro aspecto de esta energía es que quizá sólo sea posible concebir el nacionalsocialismo como un movimiento constante. Hitler nunca habló del partido, sino del movimiento. Aquí hay una analogía con [Heinrich von] Kleist: los alemanes siempre quieren huir de ellos mismos, pero esta huida la hacen cruzando fronteras.

El principal problema de esta situación es que los judíos no eran integrables, que había una resistencia. Los judíos eran, además, una coartada. Eran los capitalistas para la población, el sustituto (Ersatz) de todas las energías anticapitalistas de la izquierda y la derecha. Con la economía basada en la moneda el capitalismo se extendió hacia Polonia y Rusia. En la Edad Media sólo se permitía a los judíos cobrar intereses, porque la usura era considerada en la Biblia como contraria al cristianismo, así que fundaron bancos y casas de préstamos. Los judíos se convirtieron así en el sustituto ideal del enemigo. Por esa misma razón el movimiento nacionalsocialista tuvo al principio un carácter anticapitalista. Existen pruebas de que las SA en sus comienzos, más a partir de 1933, estaba compuesta en su mayor parte de excomunistas alemanes. En consecuencia, los nazis asimilaron una gran parte de las energías de la izquierda.

Karl Korsch escribió en una carta a Brecht, cuando la guerra había llegado a Creta: «La guerra relámpago (Blitzkrieg) es la energía acumulada de la izquierda.» El nacionalsocialismo fue de hecho el mayor logro de la clase obrera alemana.

¿Lo dice en serio?

También se puede formular de otro modo: la guerra relámpago o la guerra de movimientos fue, tras la revolución fracasada de 1848, la liberación de la clase obrera alemana de la condición de explotada y su nueva condición de cazadora. Se fue a la guerra y se convirtió en cazadora.

Eso se oía en todos los bares: el recuerdo de la guerra, ésa es la mayor experiencia de libertad. La guerra se convirtió en un sustituto de la revolución tanto como ahora los disturbios contra los inmigrantes son el sustituto de la revolución que nunca tuvo lugar.

Los judíos se convirtieron en el sustituto ideal del enemigo, porque [los nazis] necesitaban a los verdaderos capitalistas, que eran quienes al fin y al cabo habían financiado la guerra. Se pusieron detrás de Hitler, y por eso no pudieron acercárseles.

¿Por qué cree Ud. que hay un temor cada vez mayor de la izquierda a tratar la cuestión judía?

En 1962 escribí un texto para un documental sobre el campo de concentración de Buchenwald. Había pruebas de que, en unas instalaciones adjuntas, se habían producido componentes para las bombas V-1 y V-2. Wernher von Braun entraba y salía. [1] Naturalmente, queríamos utilizar este plano en la película. Se nos prohibió rodarlo con el argumento de que en el campo de concentración de Oranienburg, donde se habían producido V-2, existían documentos según los cuales Manfred von Ardenne, que era el físico más destacado de la RDA, podría haber estado trabajando allí. Estas investigaciones constituyeron más tarde la base para el programa aerospacial y la medicina aeronáutica, y Ardenne entonces trabajaba para los rusos. No se debe olvidar por supuesto la tremenda maquinaria de propaganda de los nazis, que creó para una gran parte de población la idea de que los judíos eran una peste. La mayoría del pueblo alemán no conocía sin embargo demasiado bien qué ocurría en los campos de concentración, porque las potencias occidentales retuvieron su información con la esperanza de que Hitler destruyese la Unión Soviética. Hitler fue el pastor alemán al que aflojaron la correa para que mordiera a los comunistas y luego, cuando se tornase salvaje, se hubiese de matar.

¿Pero no es peligroso reducir el nacionalsocialismo al fenómeno Hitler?

Deben diferenciarse. El gas para las cámaras de gas no lo inventaron las personas que lo aplicaron. Lo proporcionó la industria alemana. Sabían para qué lo iban a utilizar. Eran personas que hoy reciben una pensión del Estado o se encuentran en cargos aún más altos que los que desempeñaron entonces en la industria alemana. La mayoría de las veces se habla de las bestias en uniforme de las SS y no de las bestias en los consejos directivos. No quiero decir con ello que las SS o la Wehrmacht fuesen inocentes, pero debe verse la conexión entre lo uno y lo otro. Los campos de concentración fueron los laboratorios de la industria alemana: sirvieron para poner a prueba y mejorar la tecnología. Su tecnología para el asesinato se encontró siempre entre las mejores de la época, y la tortura es desde luego uno de los servicios más antiguos de la historia de la humanidad.

Los ingleses habían sometido a los indios con los cañones porque no disponían entonces de nada mejor. Fue cuando Churchill empleó en Egipto la ametralladora que los ingleses probaron su nueva tecnología armamentística con los africanos. Las nuevas tecnologías siempre se probaron y aplicaron contra minorías o contra el peligro de que las minorías se convirtiesen en mayorías. Todo lo que hoy existe en tecnología de la muerte se probó algún día. El uso de la bomba atómica en Japón no tenía absolutamente ningún sentido militar y era innecesario, pero fue una señal de advertencia en dirección a la Unión Soviética. El problema es que Auschwitz eliminó todo límite.

Me gustaría volver una vez más a la pregunta del comienzo: ¿Es Auschwitz también material para el teatro?

Una vez leí una buena historia de Stephen King, una historia de un joven de trece años de California. El joven tiene una afición: reúne documentos, fotografías, todo lo que puede conseguir sobre los campos de concentración. Y su interés es: They just did those things. Ellos hicieron aquello con lo que todo el mundo sueña. Y entonces un día ve en una parada del autobús escolar a un anciano a quien le parece conocer. Echa un vistazo a su colección y entonces encuentra al hombre en un uniforme de las SS en una fotografía. Al día siguiente, en la estación de autobús, sigue a este hombre, que vive en una pequeña casa en las afueras. El joven llama al timbre y le enseña la fotografía. El anciano tiembla, no puede negar que es él, y piensa que el joven quiere denunciarle. Pero el joven dice: no, sólo quiero que usted me explique cómo lo hizo. Cómo metía a los judíos en los hornos, cómo los torturaba. El anciano no quiere explicárselo, y el joven le chantajea diciéndole: si no me explica esto le denuncio. Así que el anciano debe explicárselo todo con pelos y señales. En algún momento le dice el joven: ahora quiero también verlo. El anciano tiene una chimenea, y un día el joven aparece con un perro y dice: coja al perro y métalo en la chimenea. Enséñeme cómo se hacía. Los dos construyen entonces una Murder Incorporation, un Crimen S.L., y buscan primero perros, luego mendigos y los meten, uno tras otro, en la chimenea.

Ésta es la juventud que ahora tenemos. Lo más espantoso de los disturbios en Rostock y Hoyerswerda es que pertenecen a esta sociedad, que ni siquiera son una excrecencia bárbara, tan poco como lo era el fascismo, que no era más que la consecuencia de la economía de mercado. [2]

En los EE.UU. hace tiempo que conviven con esta forma de violencia, sólo aquí es nueva. Existe por ejemplo un término entre las bandas juveniles alemanas que se llama Bordsteinclashing. Se le propina una paliza a un inmigrante y luego se coloca su cabeza, a menudo con la boca abierta, en el borde de una acera y se le salta encima con botas militares sobre su cabeza. Es lo que han hecho unos skinheads con un africano en Eberswalde, que luego declararon, como si fuera algo completamente natural: «Ahí estaba la cabeza, así que pensé, ¿por qué no saltarle encima?»

El joven que explicaba esto en televisión tenía 19 años, trabaja en una fábrica de herramientas, tiene trabajo y explicó esto con toda naturalidad, sin emoción.

Quisiera regresar a Auschwitz una vez más. Para mí es “la grace”, la compasión, un concepto esencial en mi vida. Cuando le oigo a Ud. intentar explicar Auschwitz, entonces me pregunto: ¿Cómo se puede en un mundo en que algo así apelar a la compasión y tener una esperanza trascendental?

Buena pregunta. Auschwitz y su principio de selección es el modelo de este siglo. Todos no podían sobrevivir, así que se seleccionaba. Cuando trato de aclararme lo que significa el heroísmo, siempre me acuerdo de una pequeña historia. En uno de los últimos barcos que partió de Alemania y debía llevar judíos a los EEUU viajaba a bordo un judío grueso, un periodista deportivo de Berlín. Este barco fue torpedeado por submarinos alemanes y se hundió. Por supuesto, había pocas plazas en los botes salvavidas. El periodista deportivo judío y gordo se sentó rápidamente en uno de los botes salvavidas, y el bote estaba lleno. De repente aparece en cubierta una joven madre con su hijo. Pero ya no hay lugar para nadie más en el bote. Entonces el pequeño y grueso judío se arrojó al Atlántico, dejando lugar a la mujer. Ésa es la única respuesta que existe.

No estoy seguro de haberlo entendido.

No hay por qué entenderlo. Es el problema de Dostoyevski, la pregunta de Raskólnikov. También Dostoyevski encontró al final una sola respuesta: la compasión.

Cuando al final aparece Auschwitz como modelo para la selección, no queda ya ninguna respuesta política. Probablemente sólo exista una respuesta religiosa. El problema de esta civilización es que no tiene ninguna alternativa a Auschwitz.

Ahora lo he entendido.

También en Walter Benjamin es un tema recurrente: el socialismo o el comunismo o cualquier otra utopía no tiene ninguna oportunidad si no ofrecen una dimensión teológica. También esto es hoy un problema fundamental.

Hay otra pequeña historia sobre todo esto.

En una ocasión tomé LSD en Bulgaria. En la casa en la que vivíamos había un pequeño sótano, un lavadero, y allí, cerca de la puerta, había un grillo bastante grande. En la radio sonaba música turca o árabe, música de desierto, que tenía un extraño atractivo. Era como una superficie. En la casa había un gato, y este gato de repente se deslizó por la puerta. Le enseñé el grillo al gato, sabiendo bien lo que iba a pasar. Después de cinco o diez minutos el gato tenía al grillo bajo sus garras. Entonces se dedicó a jugar a dar caza al grillo mientras subía la escalera, soltándolo y volviéndolo a cazar una y otra vez. El grillo empezó a cojear, y mientras tanto sonaba aquella música árabe. Lo observé todo atentamente durante el espacio de tiempo que duró la droga. También lo disfruté y lo abominé al mismo tiempo, porque disfrutaba con ello. Nunca lo olvidaré, tampoco la aversión hacia mí mismo y mi goce en esta observación a cámara lenta. La única cosa que diferencia al gato de los hombres de las SS es que el gato necesitaba este tipo de juego para poner en marcha los jugos gástricos. Es algo biológico, una necesidad. Lo que diferencia a los hombres del gato es que esto no es una necesidad. Pero a cada posibilidad de abstracción del asesinato el nivel de inhibición es menor. Yo soy incapaz de imaginarme apuñalando a alguien. Pero en cambio puedo imaginarme sin problemas disparando a un hombre, y así sucesivamente. Ahora sólo se necesita pulsar un botón y uno apenas ve a ningún hombre que haya matado con esa acción. La cobertura de la Guerra del Golfo es la cima de todo ello, la abstracción total, una guerra completamente abstracta. Todos estos videojuegos son un entrenamiento para Auschwitz. Mientras tanto hemos internalizado tanto Auschwitz que ya no llama la atención.

¿Es un fenómeno que se hiciera evidente antes que en ningún otro lugar en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial?

No. Recuerdo haber leído algo de Rossbach, un conocido cabecilla del Freikorps tras la Primera Guerra Mundial, algo bien interesante. Explicaba el siguiente episodio: un miembro de la brigada de Roßbach tenía como misión del Freikorps asesinar a alguien, uno de esos asesinatos encargados por una organización política secreta (Femermord). [3] Después de que el hombre hubiese llevado a cabo su misión, se reunió con Roßbach y le dijo: es terrible, no sé cómo voy a seguir viviendo habiendo matado a un hombre de esa manera, no en la guerra, uno contra el otro, cara a cara, sino por la espalda y por encargo. Nunca más podré volver a matar a un hombre, y jamás volveré a empuñar un arma.

El hombre que dijo esto a Rossbach era Rudolf Höss, el luego comandante de Buchenwald y Auschwitz. Y existe aún otra historia del campo de concentración de Oranienburg. Allí había un SS que era especialmente brutal. Tras la guerra los rusos visitaron a su mujer y el explicaron lo que había hecho su marido en el campo. La mujer apenas entendía nada. Él no había hecho más que su trabajo, y era un buen padre de familia, muy cariñoso con sus hijos. Los rusos le preguntaron entonces si no hubo nada que le llamase la atención. Entonces contestó que sí, que de vez en cuando volvía con manchas de sangre a casa. Cuando ella le preguntaba de dónde venían, él respondía: hemos descuartizado a un cerdo. La mujer no supo nada durante todos aquellos años. Entonces mató a sus hijos, incendió su casa, enloqueció y, gritando, corrió hacia el pantano a suicidarse. A esta historia también pertenece el hecho de que los hombres de las SS de aquella graduación en los campos de concentración eran en su mayoría hijos de campesinos, estaban acostumbrados a matar animales. Sólo se necesitaba proporcionarles la ideología de que aquellos prisioneros no eran hombres, sino ganado.

¿Pero no tuvieron algunos de aquellos hombres la posibilidad de rechazar órdenes como aquellas, cuando por ejemplo tenían que seleccionar a mujeres y niños y enviarlos a las cámaras de gas?

Seguro. Una respuesta a esta pregunta puede encontrarse en una película de Konrad Wolf. En una escena se muestra a un antiguo prisionero de un campo de concentración que ha sobrevivido porque tenía la tarea de introducir los cadáveres en los hornos. Esta tarea siempre la hacían los prisioneros en los campos de concentración. Y esta tarea les planteaba cada día el dilema: o haces esto o mueres. ¿Cómo puede comportarse uno en una situación así? Ésa es la única pregunta que cabe hacerse, todavía hoy. No hay una respuesta a esta pregunta, excepto que cada uno está, consigo mismo y su decisión, solo.

Notas:

[1] Wernher von Braun (1912–1977), ingeniero aeronáutico. En unas instalaciones en Peenemünde, von Braun –en colaboración con ingenieros como Hermann Oberth– diseñó las V-1 y V-2, los primeros misiles guiados utilizados en guerra, fabricados por mano de obra esclava procedente de Buchenwald, utilizados en los bombardeos de Londres, los Países Bajos y Bélgica. A pesar de haber militado en el NSDAP y en las SS, von Braun fue reclutado por los servicios secretos estadounidenses al término de la guerra a través de la Operación Paperclip, recibió la nacionalidad estadounidense y trabajó hasta el final de su vida en el desarrollo del programa aeroespacial norteamericano.

[2] Entre el 17 y el 23 de septiembre de 1991 en Hoyerswerda, y el 22 y el 24 de agosto de 1992 en Rostock, se produjeron los peores disturbios raciales desde la Segunda Guerra Mundial, contra refugiados e inmigrantes africanos y asiáticos. En ambos casos la mayoría de participantes procedían de la extrema derecha alemana, recién reorganizada tras la caída del Muro.

[3] El término utilizado por Müller en el original alemán es Femermord, literalmente “asesinato del Feme”. El término “Feme” (o “Vehme”, “Fehme”, “Feime” o “Veme”) procede del alto-alemán vëme (“castigo”) y remite a las cortes vehmicas (Vehmgericht), tribunales secretos organizados por una organización fraternal de jueces llamados franc-juges o Freischöffen (“jueces libres”) en Westfalia. El juicio era secreto, las penas se ejecutaban no menos secretamente, y el cadáver del ejecutado se colgaba de un árbol como advertencia. Especialmente activos en el medioevo, a partir del siglo XVI su actividad decayó. En 1811 fueron abolidos por Jerome Bonaparte, rey de Westfalia. Durante la República de Weimar los medios de comunicación recuperaron el término para referirse a los asesinatos políticos cometidos por la extrema derecha.

Traducción de Àngel Ferrero.