La pandemia tensa las relaciones centro-periferia en Europa. La victoria casi segura de los independentistas escoceses en las próximas elecciones puede poner a Reino Unido de nuevo contra las cuerdas.

© The Simpsons — 20th Century Fox

Cuando la COVID-19 fue declarada pandemia y se decretaron los primeros confinamientos, hubo una breve efusión de ‘coronaoptimismo’: bajo el dolor común, la humanidad tomaría finalmente conciencia de sus problemas para resolverlos. Una demostración de la fuerza del pensamiento católico, en su versión de hoja parroquial, sobre todo entre quienes dicen no ser ni cristianos ni católicos, sino de izquierdas. El coronavirus ha terminado siendo un catalizador del turbocapitalismo, y, acelerándolo, ha exacerbado sus enfermedades sociales y problemas políticos. La gestión de la crisis sanitaria y la campaña de vacunación –que en Europa iba a ser un ejemplo frente al “Chernóbil chino”– ha tensado la relación entre centro y periferia. ¿Hubiera sido mejor una respuesta más centralizada o, por el contrario, una más federal? Esta pregunta recorre en una forma u otra el continente. Para los gobiernos, la tentación autoritaria es demasiado grande como para poder ignorarla.

No hace falta extenderse aquí, por sabido, en el caso español. En Alemania ha habido un debate en los medios por la reciente aprobación de la reforma de la Ley Federal para la Prevención de Infecciones, que permite a Berlín imponer restricciones a los Länder, cuyas competencias se ven disminuidas. El portavoz del grupo parlamentario de La Izquierda, Dietmar Bartsch, llegó a calificar la aprobación de la enmienda de “bola de derribo del parlamentarismo”. Éste es, en efecto, el tipo de medidas que en otros países no pueden más que sumarse a la lista de agravios nacionales y dar un impulso renovado a los movimientos independentistas. Es el caso claro de Reino Unido. El 12 de abril el diario The Guardian informaba de las advertencias contenidas en un informe de Philip Rycroft, secretario permanente del Departamento para la Salida de Reino Unido de la Unión Europea desde el año 2017 hasta el 2019. “La pandemia”, afirmaba el texto, “ha alimentado la idea de un primer ministro ‘que habla sólo por Inglaterra’ a medida que las relaciones entre las cuatro naciones de Reino Unido se deterioran […] la ‘unidad para la unión’ en el gobierno de Boris Johnson ha estado plagada de conflictos internos por la estrategia mientras aumentaban los apoyos para un segundo referéndum sobre la independencia de Escocia y se deterioraba la situación en Irlanda del Norte después del acuerdo del Brexit.” Según el informe de Rycroft, “a medida que otras naciones del Reino Unido aprueban diferentes reglas y emiten diferentes mensajes para el confinamiento, la opinión pública puede estar adaptándose a la extraña idea de un primer ministro que habla solamente para Inglaterra.”

Dos días después de la publicación de esta noticia, este mismo diario publicaba una columna de opinión de Martin Kettle titulada, significativamente, “Boris Johnson está diciéndole a Escocia que la Unión ya no está basada en el consentimiento”, una idea de la que se derivaba que si el premier británico “rechaza el referéndum por el que los escoceses han votado, no habría ninguna manera legal de abandonar Reino Unido”. “Las implicaciones” de ello, sentenciaba Kettle, “son enormes”. Lo sostiene incluso quien fuese el jefe de las negociaciones para el referéndum de independencia de 2014, Ciaran Martin, quien, en otro informe, del que se hizo eco Financial Times, alertaba de que negarse a permitir una segunda consulta haría que la Unión dejase de ser “una basada en el consenso” para pasar a ser otra “basada en la ley de la fuerza”. A juicio de Martin, de rechazar un nuevo referendo, “un siglo de Unión por consentimiento llegaría efectivamente a su fin” y “la Unión se convertiría en una entidad sostenida por la ley sin más”. En ese mismo medio, el ex primer ministro John Major, también conservador, manifestaba su preocupación: “Escocia no puede ser mantenida para siempre en un acuerdo si su pueblo desea ponerle fin”, aseguraba. The Economist ilustraba la semana pasada la situación en la que se encuentra el país con un juego de palabras intraducible: ‘From United Kingdom to Untied Kingdom’ (Del Reino Unido al Reino Desatado).

Sea como fuere, Johnson tiene ahora delante suyo el reto de sofocar un incendio que él mismo ha contribuido a avivar. No será una tarea fácil. Las elecciones al parlamento escocés son el próximo 6 de mayo. En las últimas encuestas de intención de voto, el Partido Nacional Escocés (SNP) de Nicola Sturgeon obtenía una sólida victoria, con el 49’4%, situándose a una cómoda distancia de los conservadores (21’7%) aún a pesar de Alba Party, la escisión del SNP creada por el ex primer ministro escocés Alex Salmond.

El espejo escandinavo

Si Escocia se independizase, ¿qué país debería tomar como modelo? Ian Godden, Hillary Sillitto y Dorothy Godden han escrito un libro titulado Scotland 2070 con el ánimo de rectificar “la pobre calidad y la perspectiva a corto plazo del debate político en Escocia”. Para estos autores, un ejemplo a seguir sería Dinamarca, no sólo por su prosperidad, sino porque, escribía Ian Jack en The Guardian, “como Alemania y Japón, se dice que Dinamarca debe su éxito como sociedad a una humillación nacional”.

Publicado en El Quinze, 23 de abril de 2021.