Se acaba la era Trump y comienza la de Biden. El nuevo presidente de EEUU ha prometido un retorno a la ‘normalidad’, ¿pero es factible? ¿Y qué suponía aquella ‘normalidad’ a la que se quiere regresar?

Joe Biden y Kamala Harris pasan revista a las tropas durante la inauguración presidencial del pasado 20 de enero en Washington DC. Fotografía: Jacob Holmes para el Departamento de Defensa (Dominio público)

Después de marcharse dando un sonoro portazo en la Casa Blanca, Donald Trump, un hombre poco dado a la discreción, se subió con su esposa Melania a un helicóptero y puso rumbo Mar-a-Lago, su residencia en Florida, abandonando la escena política sin pena ni gloria. Atrás deja un legado de cuatro años de borrascoso gobierno y unos seguidores desorientados sobre los que pesa la incógnita de qué paso darán a continuación, si hacia la radicalización o el ostracismo. Ha comenzado la era Biden. Nada resume por ahora mejor su administración que la expresión “de vuelta al brunch” (back to brunch), popularizada por la izquierda estadounidense.

Hace un par de meses Vox se encargaba de explicar cómo la frase se ha convertido en un sinónimo de la “complacencia e indiferencia centristas”, ya que el brunch –acrónimo inglés de ‘desayuno’ (breakfast) y ‘almuerzo’ (lunch)– está comúnmente asociado a “gentrificadores blancos y jóvenes profesionales” con el dinero y tiempo libre suficientes para gastar en “un cóctel de 20 dólares y huevos Benedict”. “¿Elegirán la conocida comodidad del brunch, al alcance de unos pocos, o habrá potencial para un mayor cambio estructural?”, se preguntaba este medio estadounidense. Meses después apenas queda espacio para la duda. “Preparémonos para luchar contra Joe Biden”, instaba el expresivo titular de un artículo de Ben Burgis para Jacobin publicado el mismo día en que el nuevo presidente estadounidense juraba el cargo. El programa de Biden es resucitar el ‘neoliberalismo progresista’ de Obama –la expresión es de Nancy Fraser– a golpe de desfibrilador automático. Ahí está, como prueba de la primera descarga, el redescubierto género periodístico de la semiótica de fondo de armario, del que lleva siendo objeto desde hace meses la vicepresidenta Kamala Harris. “Clase, definid, lo más preciso que podáis, en qué difiere ‘Restauremos la grandeza de América’ (Restore American Greatness) de Biden del ‘Hagamos América grande de nuevo’ (Make America Great Again) de Trump”, comentaba con sorna el editor de Counterpunch, Jeffrey St. Clair.

“Un ‘retorno a la normalidad’ después del pillaje de los años de Trump será difícil, especialmente porque Trump abandona la administración más bien como Saddam Hussein abandonó Bagdad, con los departamentos del gobierno en llamas y con apenas nada con lo que pueda formarse un gobierno viable”, reflexionaba Andrew Cockburn en un largo análisis para Harpers. “El respaldo de la opinión pública para medidas dramáticas está con toda seguridad ahí si Biden lo pide”, continuaba, “pero su trayectoria de contemporizar, unida a las poderosas fuerzas de la oposición, se interponen en el camino: recuérdese que el presidente electo y el establishment al que representa aún se oponen ferozmente a un sistema de salud público universal a pesar de que las encuestas indican un amplio apoyo entre los simpatizantes de ambos partidos.” Para este autor, los Demócratas “imploran la normalidad tal y como existía en 2016, pero ese fue el año en el que el país eligió a Donald Trump.” “No puede volverse a recomponer a Humpty Dumpty”, escribía el periodista Mark Ames en Twitter, “será extraño ver cómo lo intentan y será peligroso cuando finalmente se den cuenta de que no pueden y comiencen a buscar chivos expiatorios y distracciones.”

Los primeros indicios se encuentran en la agenda en política exterior de la nueva administración. El periodista de The Washington Post John Hudson, por ejemplo, avanzaba que Washington ya está estudiando imponer nuevas sanciones a Moscú en respuesta a “la agresión rusa”. Jörg Kronauer recogía para el diario alemán junge Welt algunas de las propuestas del equipo de Biden en política internacional. Así, el nuevo secretario de Estado, Anthony Blinken, ya se ha mostrado partidario de continuar la política de Trump de “desacoplamiento” de China –que incluye estrechar relaciones con Japón y Corea del Sur para “contener” al gigante asiático– y de la entrada de Georgia en la OTAN, una decisión que incrementaría las tensiones con Rusia. En su comparecencia ante el Senado, Blinken también subscribió la definición que hizo su predecesor en el cargo, Mike Pompeo, de “genocidio” para referirse al trato a los uigures por parte de las autoridades chinas –con las ramificaciones diplomáticas pertinentes– y no desestimó sancionar a las empresas que participan en la construcción del gasoducto Nord Stream 2, que transporta gas natural ruso a Alemania. Y esto podría no ser más que el aperitivo. “Un momento”, afirmaba el historiador Tarik Cyril Amar, “ya no son más los mexicanos, ¿Veis? ¡Cambio!”

Las relaciones transatlánticas con Biden

Tampoco ciertos comentaristas están seguros de que vayan a cambiar sustancialmente las relaciones con la Unión Europea con el nuevo presidente estadounidense. En Handelsblatt, la cabecera económica de referencia en Alemania, los economistas consultados coincidían en reclamar cautela. Necesitado de éxitos económicos, “Biden someterá a presión a Europa y especialmente a Alemania”, escribía este medio al agregar que Washington exigirá a Berlín reducir su “notorio superávit en la balanza comercial.”

Publicado en El Quinze, 28 de enero de 2021.