Para unos es una intachable protesta democrática, para otros, una ‘revolución de colores’: sin que se haya resuelto esta cuestión, las manifestaciones en el país comienzan a desaparecer de los medios.

El presidente bielorruso, Aleksandr Lukashenko, frente al palacio presidencial, 23 de agosto. (Imagen: Belta)

No me gusta citarme, pero en este caso me veo plenamente justificado. Allá por 2015 escribí un artículo para La Marea titulado ‘Ucrania, hot or not?’. “En nuestros tiempos de ‘periodismo digital’ cualquiera diría”, afirmaba un servidor, “que los coordinadores de Internacional disponen de una suerte de Tinder para escoger los temas a los que dedican sus páginas”, y recordaba que esta aplicación, entretanto popularísima, estaba basada en una antigua página web cuyo título resumía bien esta lógica editorial: hot or not?

Si he rescatado aquel artículo no es por egocentrismo –el jugo que más rezuma de todos en las secciones de opinión– sino porque, como puede imaginarse el lector, Ucrania ya no es hot. Para que se hagan una idea: el último diario español que publicó algo de ese país fue el Marca, informando del partido de fútbol que la selección de fútbol española jugó contra la ucraniana. Lo mismo vale para otros conflictos de diferente intensidad que se han evaporado de las páginas de los medios: Hong Kong, Siria, Libia… La lista es larga. Ahora que ya no llegan espectaculares fotografías de barricadas en llamas ni choques entre manifestantes y la policía, y que la situación parece evolucionar a favor del gobierno, nuestro editor de Internacional tiene en estos momentos el dedo sobre la fotografía de Bielorrusia y titubea: hot or not?

Acaso el mejor artículo sobre Bielorrusia, por ecuánime, lo publicó a finales de agosto El Salto. “Cuando veas a los comentaristas y políticos estadounidenses ofrecer su apoyo a las aspiraciones democráticas del pueblo bielorruso, es importante recordar que a nuestros burócratas imperiales no les importan los bielorrusos, del mismo modo que no les importan los ucranianos, los georgianos o los armenios”, advertía su autor, Yasha Levine. “Lo único que quieren”, continuaba, “es desestabilizar a Rusia de la manera que sea, y si la desestabilización termina con un desplome de la economía, provoca una oleada de trabajadores inmigrantes, desesperados y explotables, hacia la Unión Europea y privatiza la riqueza industrial y agrícola del país, tanto mejor”. Sin embargo, una vez “aclarado el aspecto externo”, este periodista ruso-estadounidense recordaba que también “es importante comprender que no se trata de un conflicto puramente fabricado, sin más”. La desafección, señalaba, “es muy real y ha ido en aumento estos últimos años”. “Esto, en combinación con la represión violenta de los manifestantes, su respuesta a la pandemia de COVID-19 –‘somos más fuertes que los confinamientos’– y el deterioro de la situación económica en el país han llevado a una disminución del apoyo entre buena parte de la ciudadanía, incluso entre los obreros industriales, un segmento de la población que normalmente ha sido un apoyo pasivo a Lukashenko o, al menos, lo ha apoyado a regañadientes”, explicaba Levine, que se hacía eco de una entrevista de Jacobin a Ksenia Kunitskaya, redactora de Poligraf, un modesto medio de comunicación bielorruso de izquierdas. En esta entrevista, Kunitskaya constataba cómo una ideología, mezcla de neoliberalismo y nacionalismo, se había abierto paso entre la oposición hasta convertirse en dominante, reflejando lo que ocurre en general en el espacio post-soviético.

Mientras el editor de Internacional mantiene presionada la yema de su dedo índice sobre la fotografía de Bielorrusia –hot or not?–, otros temas se han ido por el sumidero. Ejemplos no faltan, algunos de ellos sangrantes: desde el cantón de Afrin, en Siria, llega un goteo constante de noticias de violaciones de los derechos humanos cometidas por las milicias apoyadas por Turquía para quien las quiera publicar, que es tanto como nadie. Mientras todos los focos estaban puestos en Minsk, en Montenegro se celebraban unas elecciones de las que la OSCE denunció numerosas irregularidades. Pero a diferencia de su homólogo bielorruso, el presidente montenegrino, Milo Đukanović, en el poder desde 1998, ha llevado a cabo un programa de privatizaciones del que se han beneficiado empresas extranjeras, ha reconocido Kosovo y conducido a su pequeño país a la OTAN y rumbo a la integración en la UE con prácticas con frecuencia, cuanto menos, cuestionables y posiblemente en oposición a su propia población. Si el gobierno actual formado por las tres coaliciones opositoras “da un solo paso en la dirección equivocada, en dirección serbia”, comentaba el corresponsal del diario alemán taz para los Balcanes, Andrej Ivanji, “Occidente volverá a respaldar a Đukanović”. “Un autócrata, pero nuestro autócrata”, apostillaba Ivanji. De eso va todo. Not hot.

Lukashenko y Occidente

El sambenito de “el último dictador de Europa” está escrito en un post-it de quita y pon. El medio en ruso Meduza recordaba hace poco cómo hace 10 años el presidente bielorruso, Aleksandr Lukashenko, contrató a una agencia de comunicación británica para mejorar su imagen en la UE después de un choque por los precios del gas natural con Rusia, similar al que tuvo en su momento Ucrania. La UE consideró por algún tiempo convertir Bielorrusia en país bisagra, pero finalmente la operación no resultó.

Publicado en El Quinze, 18 de septiembre de 2020.

Entre el periodisme i la traducció.