La opinión pública europea pierde interés por las interminables negociaciones para la salida de Reino Unido de la Unión Europea, aunque el nacional-populismo sigue siendo una fuerza a tener en cuenta.

Johnson tomando el avión a Bruselas. Fotografía: Andrew Parsons, Nº 10 Downing Street (CC BY-NC-ND 2.0)

Ha pasado ya más de un mes desde las elecciones en EEUU. El wishful thinking de que, una vez derrotado Trump, los demonios populistas volverán a la caja de Pandora, sigue vivo. Sin embargo, la semana pasada el Brexit regresó a los medios de comunicación para recordarnos que la situación está lejos de ser ésa. Después de nueve meses de negociaciones, el primer ministro británico, Boris Johnson, aterrizó a comienzos de la semana en Bruselas para reunirse con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y limar aristas.

Según The Guardian, los equipos negociadores cenaron en el Edificio Berlaymont un menú de tres platos compuesto de sopa de calabaza y vieiras de entrantes, rodaballo con puré de patatas, wasabi y vegetales, y un sorbete de coco y tarta pavlova de postre. Al parecer, se trataba de un private joke de la presidenta de la Comisión, ya que los pescadores británicos y franceses mantienen una disputa sobre la pesca de la vieira en la bahía del Sena. Después de varias horas de “debate franco”, en palabras de Johnson, las delegaciones se levantaron de la mesa tras fijarse un nuevo plazo el domingo 13. La Comisión mantuvo la presión. “Bruselas lanza su plan para un no acuerdo”, titulaba el Euronews al hablar de las medidas de contingencia anunciadas por la Unión Europea. Los medios alertaban de una salida abrupta de Reino Unido. Ese mismo día Londres anunciaba que la Royal Navy protegería a los pesqueros británicos si no se llegaba a ningún acuerdo. Al final el fuego no llegó a la pólvora y el domingo las partes acordaron prolongar, una vez más, las negociaciones. Este lunes, el negociador jefe de la UE para el Brexit, Michel Barnier, consideraba a pesar de todo “aún posible” llegar a un buen acuerdo.

Fuera del Berlaymont no parecía haber mucho interés en “las calles heladas y casi desiertas del barrio europeo de Bruselas” y “pocos sabían de la cena y a incluso menos les importaba”, escribía el corresponsal de The Guardian en la capital belga, John Henley. Desde Dublín sí que se sigue con más interés la evolución de las negociaciones. El primer ministro irlandés, Michéal Martin, intentaba ver la botella medio llena y afirmó que el acuerdo estaba “cerca”. De manera similar, The Irish Times consideraba el acuerdo entre el vicepresidente de la Comisión, Maroš Šefcovic, y el ministro del Gabinete, Michael Gove, sobre el Norte de Irlanda como “un paso en la dirección correcta”, sobre todo porque eliminaba el riesgo de alzar pasos fronterizos entre ambas partes de la isla y convertir así el Acuerdo de Viernes Santo en papel mojado. En Londres, sin sorpresas, los tabloides como The Sun respaldaron a Johnson y atribuyeron el fracaso de la reunión a la Comisión, mientras que desde cabeceras como The Independent se invertían los términos. La diputada laborista Jess Philips, por ejemplo, calificaba en este periódico la estrategia de los brexiteers de “imprudente y peligrosa” y cargaba contra el gobierno por su “incompetencia” al permitir que miles de trabajadores sigan viviendo con la incertidumbre de si sus empleos sobrevivirán o no al Brexit.

No está de más recordar que todo esto ocurre mientras a ambos lados del canal de la Mancha la población sigue en buena medida en estado de shock por la pandemia. Quizá el nacional-populismo que mencionábamos al comienzo del artículo retroceda en algunas encuestas de intención de voto, pero sigue ahí. La aprobación in extremis de la reforma del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en Italia, por ejemplo, ha dejado al descubierto la fragilidad del gobierno de Giuseppe Conte, frente al que la coalición de la derecha, liderada ahora, tras la caída en desgracia de Silvio Berlusconi, por la Liga de Matteo Salvini y los Hermanos de Italia de Giorgia Meloni –la formación heredera de la neofascista Alianza Nacional–, afila los cuchillos. En Alemania, die tageszeitung analizaba los resultados de la décima encuesta sobre el autoritarismo realizada por la Universidad de Leipzig y concluía, a diferencia de otros medios, que la radicalización por la derecha de los votantes en el Este del país sigue en marcha, particularmente entre los más jóvenes, nacidos después de la caída del Muro de Berlín: un sorprendente 15’6% de los encuestados de entre 14 y 30 años –esto es, uno de cada seis jóvenes en la antigua Alemania oriental– se declaró partidario de una dictadura de derechas. En España Vox no sólo se ha consolidado como tercera fuerza, sino que en algunos sondeos incluso sigue subiendo. Los demonios no han vuelto a la caja de Pandora, solamente han dado un paso atrás, y esperan.

Johnson baja, Starmer sube

Boris Johnson actúa sin quitar el ojo de las encuestas de intención de voto, en las que el Partido Laborista de Keir Starmer ha recortado distancias y está a un solo punto porcentual de los tories. Quizá eso explique la sonada salida de Dominic Cummings –arquitecto de la campaña del Leave y asesor del primer ministro– de Downing Street semanas atrás, analizada con lupa por los medios internacionales. No obstante, Starmer es visto críticamente por la izquierda laborista que apoyó a Jeremy Corbyn.

Publicado en El Quinze, 18 de diciembre de 2020.