Camellos del optimismo en tiempos de pandemia

Las vacunas contra la COVID-19 copan titulares en los medios de comunicación internacionales. Pero sólo algunas de las vacunas. Y con una cobertura caracterizada por un optimismo digno de mejor causa.

Llegada de las primeras dosis de la vacuna contra la COVID-19. Fuente: Ministerio de Sanidad (Twitter)

La vacuna contra la COVID-19 es ya una realidad. Con el objetivo de transmitir confianza en ella se la inyectaron ante las cámaras desde el vicepresidente de EEUU, Mike Pence (“que nadie se equivoque, es un milagro médico”), al presidente electo de ese país, Joe Biden (“no hay nada de qué preocuparse”), o el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu (“una pequeña inyección para un hombre, un salto gigantesco para la salud de todos nosotros”), y sin presencia de focos, el magnate de los medios Rupert Murdoch.

Las secuelas sociales y económicas de esta pandemia –además de las médicas, obviamente– han dejado una huella en la psique colectiva, aunque seguramente no veremos con claridad las consecuencias hasta que la transmisión del virus sea, al menos, reducida al mínimo. Por lo pronto, es probable que muchos sean ahora más vulnerables a ciertos discursos políticos y sociales. Si piensa (correctamente) en los teóricos de la conspiración, piénseselo dos veces: como dice mi amigo José Manuel Ruiz, durante esta pandemia muchos políticos, y señaladamente los que ocupan posiciones de responsabilidad, se han convertido en auténticos camellos del optimismo. Mentiras endulzadas antes que verdades crudas. Por lo que respecta a la vacuna, la cobertura está siendo tan optimista, cual bálsamo de Fierabrás, que amenaza con generar frustración y decepción si sus resultados no son inmediatos y no nos devuelven a la ‘vieja normalidad’ cuanto antes, cuando las cosas iban a peor, pero sólo lentamente. Lo que en la esfera anglosajona llaman ‘technological fix’ y en ocasiones se traduce al español como ‘atajo tecnológico’. En algunos medios se ha llegado a borrar la distinción entre un escepticismo razonable y los negacionistas de la COVID-19 y teóricos de la conspiración. De lo primero formaría parte la noticia que la CNBC incluía en su página web el pasado 17 de diciembre y según la cual bajo la Public Readiness and Emergency Preparedness Act (PREPAct) no se podrá demandar ni a Pfizer ni a Moderna por efectos adversos de la vacuna en los tribunales estadounidenses durante cuatro años.

Además, del mapa informativo han desaparecido la vacuna china y la rusa, de la que algunos medios de comunicación occidentales sembraron dudas y que el 11 de diciembre AstraZeneca informó que combinaría con la suya propia. A pesar de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido repetidamente contra toda tentación nacionalista en lo tocante a la vacuna, el sesgo informativo podría ser lo de menos. En declaraciones a The New York Times, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, admitió, por ejemplo, que es “por supuesto imposible explicar a la sociedad ucraniana por qué cuando América y Europa no están dándoles vacunas no deberías aceptarlas de Rusia”, un hecho que podría terminar en una “guerra informativa” (otra).

En Europa, Der Spiegel enfriaba el entusiasmo con un artículo en el que apuntaba a serios problemas en los planes de abastecimiento de la vacuna diseñados por la Comisión Europea: “Demasiado pocas, demasiado tarde y en ocasiones de los productores equivocados”, resumía el semanario, que pronosticaba que en este escenario Alemania “no será capaz de detener el virus, lo que significa que el otoño y el invierno de 2021 podrían ser similares a los de este año, con porcentajes de contagio elevados, restricciones de contactos y confinamientos.” Como observaba en EuroIntelligence el economista Wolfgang Münchau, el riesgo es que “los gobiernos comiencen a ir a la suya, se separen de la UE y compren sus propias provisiones”, tensando una vez más las relaciones europeas. Münchau también destacaba cómo el artículo de Der Spiegel hacía “la grave acusación de que la Comisión Europea está arriesgando las vidas de personas por el beneficio comercial de una compañía francesa”, Sanofi, que está desarrollando una vacuna, pero cuyas pruebas no han dado hasta ahora buenos resultados. Bruselas, de acuerdo con este medio, quería alcanzar una paridad en las compras con la alemana BioNTech. A partir de aquí, cada cuál puede preguntarse lo que crea conveniente: ¿Intenta Bruselas, como sugiere Der Spiegel, mantener a toda costa un equilibrio de intereses para no perjudicar la estabilidad del eje franco-alemán? ¿O está Der Spiegel defendiendo los intereses de una compañía alemana con acusaciones que son muy difíciles de respaldar? El tipo de preguntas, en fin, que deberíamos leer más a menudo en los medios de comunicación (los mismos que no recomendaban mascarillas hace unos meses) antes de ir repartiendo gorros de aluminio a guisa de coroza y sambenito.

¿Una inyección y fuera?

Según Wikipedia, ‘atajo tecnológico’ es la idea de que los problemas pueden solucionarse introduciendo una nueva tecnología. La expresión se usa de manera peyorativa para describir ‘soluciones’ que a veces crean otros problemas o proporcionan la sensación de haber resuelto el problema. Como recordó tras recibir una inyección la presidenta de la Cámara de Representantes de EEUU, Nancy Pelosi, “mientras se distribuye la vacuna debemos continuar llevando mascarilla, observando la distancia social”.

Publicado en El Quinze, 31 de diciembre de 2020.