Como con voz de trueno: ‘Ve y mira’ (1985), de Elem Klimov

De todos los capítulos de la historia universal, la Segunda Guerra Mundial ha sido sin duda uno de los más transitados por el séptimo arte. Este año, coincidiendo con el 70 aniversario del fin de la guerra, se confeccionarán (o deberían) listados y se programarán ciclos cinematográficos con las mejores películas ambientadas en aquel conflicto. Si una película no debiera faltar, ésa es la soviética Ve y mira (Idi i smotri, 1985) de Elem Klimov, cuyo título español incluyó un innecesario sustantivo inicial y terminó siendo Masacre: ven y mira. La película fue encargada por la Unión Soviética para conmemorar el 40 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, que en Rusia, y en general en todo el espacio post-soviético, se conoce como Gran Guerra Patriótica. La cinta narra la historia de un adolescente que decide unirse a los partisanos bielorrusos que combaten la ocupación alemana.

La primera vez que vi Ve y mira fue en una vieja y desgastada copia en el Kino Krokodil de Berlín –una pequeña y algo desvencijada sala en Prenzlauer Berg especializada en cine de Europa oriental y Rusia que resiste el envite de la gentrificación– en compañía de mi buen amigo, el también periodista Roger Suso, y puedo corroborar que, como escribió Daneet Steffens en su día para Entertainment Weekly, sus imágenes perturban al espectador y permanecen con él incluso mucho tiempo después de que se terminen los créditos. ¿Puede una película transmitir las sensaciones de una experiencia humana, que es, por definición, intransferible? Más aún, ¿puede transmitir la de una guerra? Los mecanismos psicológicos de proyección e identificación en el cine han sido bien estudiados, pero el género bélico constituye un caso aparte. Aparte de los motivos históricos y culturales específicos de cada país, hay uno común a todas las cinematografías, y es la naturaleza comercial del cine, de la que se deriva su función psicosocial fundamentalmente escapista. La URSS carecía de este problema, evidentemente, y eso es lo que convierte a Ve y mira en una de las mejores películas sobre la Segunda Guerra Mundial, en acercar al espectador a la crueldad y la violencia extremas de aquel conflicto. Solamente en la guerra de exterminio nazi en Bielorrusia, de la que se ocupa la película, murieron dos millones de personas (uno de cada tres habitantes), se destruyeron 209 de las 290 ciudades, 628 aldeas y el 85% de la industria del país. Todo el mundo conoce la masacre de Katyn, pero prácticamente nadie la de Khatyn, en la que un batallón compuesto por nazis alemanes y colaboracionistas ucranianos asesinó a toda la población de ese municipio e incendió sus casas en represalia por un ataque partisano.

Ve y mira no es desde luego una película fácil de ver, menos aún para un espectador acostumbrado a la cultura de masas occidental, con su tratamiento de la guerra en general y de este conflicto en particular, ni siquiera en sus productos más engañosa y aparentemente hiperrealistas, como Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998). Su visionado es, digámoslo claramente, desagradable, en ocasiones prácticamente imposible. Una guerra –como sabe cualquiera que, por desgracia, haya tenido a algún familiar involucrado en una– no se reduce a los combates armados de los soldados: hay un sufrimiento insoportable de la población, episodios de desesperación, de locura incluso, y todo eso es lo que refleja tan bien Ve y mira y lo que la convierte en una de las mejores cintas sobre la Segunda Guerra Mundial.

La historia de la realización de Ve y mira no fue fácil. El guión tardó ocho años en ser aprobado, pero la espera fue premiada con un gran éxito de crítica y público (28.900.000 entradas sólo en la URSS), y a pesar de que fue seleccionada para competir en los Oscar, no logró ni siquiera la nominación. Klimov comenzó un laborioso trabajo de documentación en 1977, recogiendo meticulosamente los testimonios de los supervivientes de la barbarie nazi, y para la filmación contó con el asesoramiento de Piotr Masherov, uno de los líderes de los partisanos bielorrusos. El propio director, nacido en Stalingrado, fue testigo de los horrores de la guerra cuando tuvo que ser evacuado de la ciudad, mientras las llamas se extendían a lo largo de kilómetros a orillas del Volga. Para el papel del joven protagonista, que finalmente recibió Alekséi Kravchenko, el director decidió que no fuese interpretado por un actor profesional, “que se protegería a sí mismo psicológicamente con su experiencia interpretativa acumulada, técnica y habilidad”. El resto del elenco se compuso igualmente de actores en su mayoría no profesionales, acentuando el realismo de la cinta.

Klimov rodó Ve y mira en orden cronológico y sacó excelente partido artístico de la steadycam, una introducción relativamente reciente en la URSS. Durante el rodaje, su director leía a diario los testimonios de supervivientes y fue el único miembro del equipo en no abandonar el lugar de filmación para mantener su conexión emocional con la tragedia. Para aumentar el realismo, no dudó tampoco en emplear munición real en algunas de las escenas. “Entendí perfectamente que sería una película muy dura”, confesó Klimov en una entrevista posterior. “Entendí que sería una película brutal y que era poco probable que la gente fuese capaz de verla. Lo compartí con el co-guionista, Ales Adamovich, pero él me contestó: ‘Que no la vean. Esto es algo que debemos legar. Como una prueba de la guerra y como un alegato de paz’.” Probablemente agotado por el esfuerzo psicológico, Klimov abandonó el cine por completo tras realizar esta cinta.

Después de ver Ven y mira –el título está sacado del Apocalipsis– a uno se le antojan como banales la inmensa mayoría del resto de películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Aquí los partisanos protagonistas no son héroes, ni siquiera antihéroes tal y como los entendía Hollywood o la propaganda comunista, los nazis no son villanos de folletín, y el dolor y el sufrimiento no se dosifican como “puntos de giro” del guión para “hacer avanzar la historia” o “resolver los conflictos internos de los personajes”, como recomiendan mecánicamente esos manuales de escritura de guión tan penosamente difundidos en las escuelas y en la industria del cine. Una vez se ha terminado Ve y mira no queda ningún consuelo. No lo hay para los protagonistas, pero tampoco para el espectador.

Versión revisada del artículo publicado originalmente en El Estado Mental, 2015

Entre el periodisme i la traducció.