Las teorías de la conspiración ganan terreno a medida que las múltiples crisis hacen mella en la credibilidad de las instituciones entre la población. Los expertos piden no subestimar su influencia.

Imagen: Wikipedia (CC BY-SA 4.0)

No llevamos ni un cuarto pero vivimos en un ambiente de fin de siècle. A la acumulación de amenazas políticas, económicas y ecológicas ha venido a sumarse la pandemia de COVID-19. “La negación es una manera que tiene la gente de defenderse contra la ansiedad”, explicaba a mediados de agosto a la CNN el psicólogo Mark Whitmore, de la Universidad de Kent. “Cuando se encuentran en períodos en los que hay mucha ansiedad y ésta se percibe como amenaza, estas personas desarrollan estrategias para protegerse a sí mismas, a su sentido de la seguridad”, continuaba, “y una es simplemente negar que la fuente de esa amenaza existe.” El negacionismo de la pandemia –basado no en una sino varias teorías de la conspiración, a cada cual más estrafalaria– se ha extendido por todo Occidente: desde EEUU a España pasando por Alemania, donde algunos medios han acuñado el término “covidiotas” para referirse a sus seguidores.

Estas teorías de la conspiración sostienen que el SARS-CoV-2 es un arma biológica del ejército chino, que se propaga por las redes 5G, que se trata de un maléfico plan de control de la población mundial o directamente que ni siquiera existe y en realidad estamos inmersos en un programa de manipulación social a escala planetaria. La OMS incluso ha declarado la existencia de una “infodemia” y la UNESCO ha puesto en marcha #ThinkBeforeSharing (piensa antes de compartir), una campaña para frenar su difusión en redes sociales. Su directora general, Audrey Aouzaly, destacó cómo esta desinformación puede suponer un riesgo para la salud pública, pero también para la estabilidad social, al “reforzar estereotipos” de determinadas comunidades.

Este fenómeno, por otra parte tan propio de nuestra época, sería ya de por sí alarmante si no hubiese convergido con grupos de la extrema derecha en las multitudinarias manifestaciones convocadas estas últimas semanas. En un artículo de opinión para el británico The Guardian Stephen Buranyi llamaba a no subestimarlo, ya que los manifestantes “representan la abstención continuada de grandes segmentos del público de lo que podría calificarse de nuestra realidad compartida, o esfera pública, y sugieren que la reciente tendencia de posiciones marginales y conspirativas a germinar rápidamente e irrumpir en la política no terminará pronto”. En efecto, “las teorías de la conspiración tienen en general un componente antiautoritario”. Para el manifestante a pie de calle, escribía Buranyi, “este discurso anti-público procede de un sentimiento de enajenación de las instituciones tradicionales” ya que “en los últimos años la creciente desigualdad y las crisis han sacudido el sistema”, mientras que “para quienes están en el poder, como Trump, el pensamiento conspirativo les permite ofuscar, desplazar la culpa y sembrar el desorden, y continuar erosionando la autoridad de las instituciones encargadas de limitarlos.”

En esta misma línea, en un largo análisis para el digital alemán Telepolis, el documentalista Rüdiger Suchsland hablaba de la teoría de la conspiración como una suerte de “utopía negra” que “colma la esperanza de un orden fundamental en el mundo, el anti-caos”. El americanista Michael Butter, profesor de la Universidad de Tübingen e investigador de las teorías de la conspiración, considera a éstas como una suerte de reemplazo de la religión: proporcionan una meta más elevada y sensación de pertenecer a un grupo especial y en posesión de la verdad. De acuerdo con este especialista, las teorías de la conspiración se caracterizan por una narrativa simplista que no deja espacio a la casualidad, de “buenos contra malos”, en la que estos últimos son una élite que maneja los hilos entre bastidores (los judíos, los masones, la ONU, Bill Gates).

Llegados a este punto conviene no llamarse a engaño y creer que la izquierda está libre de este mal, pues a la miseria teórica de aquel “marxismo” continental de posguerra y su propaganda contra “el capital”, “el poder” y “el sistema” le ha seguido, tras la caída del Muro de Berlín, una nueva izquierda con un discurso aún más pobre si cabe, y ya es decir. Nadie quiere poner el dedo en la llaga, y son unas cuantas, pero hace unos años, por ejemplo, varios partidos de izquierdas se disputaban el favor de Teresa Forcades, efímera celebridad por su discurso contra “las farmacéuticas” hoy caída en desgracia por su relación con el curandero Josep Pàmies, investigado por vender como remedio contra la COVID-19 una solución de clorito de sodio en agua destilada, más conocida como MMS. En la hemeroteca hay varios testimonios fotográficos para quien quiera buscarlos.

Cómo argumentar con un conspiranoico

Entrevistado por ZDF, el segundo canal de la televisión pública alemana, Michael Butter, que es autor del libro »Nichts ist, wie es scheint«: Über Verschwörungstheorien [‘Nada es lo que parece’: sobre las teorías de la conspiración] (Suhrkamp, 2018), aconsejaba, con el fin de combatir la propagación de las teorías de la conspiración, no perder la paciencia, argumentar basándose en hechos demostrables y que las instituciones públicas promuevan una pedagogía crítica de los medios de comunicación.

Publicado en El Quinze, 10 de septiembre de 2020.

Entre el periodisme i la traducció.