David, Goliat, Matheson

Signo de los tiempos: hasta un medio satírico ha terminado por reflejar mejor la realidad que la cobertura de la ofensiva israelí en la Franja de Gaza hecha por los principales medios de comunicación.

‘Reflejo en el espejo’ (1977), Yuri Cherepanov. Cartel soviético comparando Israel con el ‘apartheid’ sudafricano.

“Me lo temía”, le contesté. Era de prever que el editor de El Quinze me plantease tratar la ofensiva israelí en la Franja de Gaza en la revista de prensa de esta semana. Es más, era, me atrevería a decir, inevitable. Si mi respuesta fue un poco a regañadientes fue porque el tema me obligaría a consultar decenas de artículos, columnas de opinión y comentarios en redes sociales del tipo “equidistantes”, según los cuales nos encontramos ante un conflicto “complejo” –una excusa como cualquier otra, porque ¿cuál no lo es?– y que, en fin, demuestran un enorme tacto y aprecio por los matices, que abandonan de inmediato cuando hablan de otros lugares. Baste con recordar que los grandes defensores de la minoría uigur acostumbran a ser los mismos que justifican estos días los bombardeos israelíes: la dignidad de una población de religión mayoritariamente musulmana se mide, cínicamente, en relación a intereses geoestratégicos. Luego está toda la paleta de colores para la defensa de las acciones de las fuerzas armadas israelíes: whitewashing, pinkwashing, purplewashing. Nada que no sepamos a estas alturas, desde luego, pero nunca deja de sorprender.

En esta guerra asimétrica –y nunca se subrayará lo suficiente este adjetivo– no sólo “David” y “Goliat” se han intercambiado los papeles, sino que el agresor, que es Israel, se parece bastante al protagonista de Soy leyenda de Richard Matheson, quien –atención: spoilers– en el giro final de la historia, que se ambientaba por cierto en una pandemia, descubría que el monstruo, en realidad, era él y no los monstruos a los que daba caza. En el momento de escribir estas líneas el contador va por los 10.000 palestinos desplazados, según cifras de la ONU, y más de doscientas víctimas mortales, una cincuentena de ellas niños. En el momento en que se publiquen seguramente serán muchos más. Un aspecto poco tratado por lo común son las presiones de los lobbies israelíes para controlar el flujo informativo en los medios de comunicación y redes sociales. Así, la cadena de televisión alemana Deutsche Welle retiró la semana pasada por ejemplo la entrevista que había realizado al periodista palestino-estadounidense Ali Abunimah y pidió disculpas por su emisión tras recibir las habituales acusaciones de propagar “antisemitismo”. Cuando estos métodos intimidatorios fallan siempre queda la fuerza bruta: el sábado 15 de mayo las fuerzas aéreas israelíes bombardearon al-Jalaa, un edificio de 11 plantas en el que se alojaban las oficinas de Al Jazeera y la agencia Associated Press (AP) en Gaza. El objetivo es, huelga decirlo, que no haya periodistas sobre el terreno que puedan informar que no sean los empotrados en las propias unidades israelíes. “La destrucción de las oficinas de Al Jazeera y de otros medios de comunicación en la torre al-Jalaa en Gaza es una flagrante violación de los derechos humanos y está considerada internacionalmente un crimen de guerra”, afirmó el director general de la cadena catarí, Mostefa Souag. Podemos esperar las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea en vano.

En paralelo a los bombardeos de viviendas y campos de refugiados palestinos –de los que “Israel tiene derecho a defenderse”, según el mantra de Washington y Bruselas–, en las televisiones y en las redes sociales se retransmitían las escenas de linchamientos y pogromos de colonos y ultranacionalistas israelíes contra la población árabe y sus comercios en varias de las ciudades del país –“choques”, en el siempre ponderado lenguaje de The New York Times, “el órgano de expresión de la clase dirigente estadounidense”, en palabras del periodista Mark Ames–, en un clima que algunos medios han calificado de “al borde de una guerra civil”. “Esto es lo que ocurre cuando se convierte a un grupo humano al etnonacionalismo, que se ha transformado en una especie de religión para ellos: un sistema de creencias que se basa en la limpieza étnica mesiánica y el pensamiento de Blut und Boden”, escribía el periodista ruso-estadounidense Yasha Levine en su newsletter en substack al comentar la presencia de inmigrantes procedentes de los países de la antigua Unión Soviética en los pogromos. “La mayoría de mis viejos amigos inmigrantes soviéticos no son religiosos, pero el sionismo ha llenado el vacío para ellos”, comentaba Levine. “Como alguien cuya familia fue prácticamente exterminada en la guerra genocida de los nazis, no existe ninguna manera de que pueda apoyar a una sociedad basada exactamente en las mismas ideas basadas en la sangre”, añadía. “Solidaridad con el pueblo de Palestina”, escribía, “es realmente así de simple”.

Habla la cebolla

The Onion es un medio satírico que comenzó su andadura en 1988 y que hoy disfruta de una segunda popularidad gracias a las redes sociales. Estos días ha vuelto a ser motivo de elogios y críticas por sus titulares sobre la ofensiva israelí en Gaza. Algunos ejemplos: “Familia palestina que perdió su hogar en un bombardeo aéreo se reconforta sabiendo que todo es muy complicado” (12/05), “Soldado israelí relata la heroica y angustiosa historia de guerra de asesinar a un niño de ocho meses” (15/05).

Publicado en El Quinze, 21 de mayo de 2021.

Entre el periodisme i la traducció.

Entre el periodisme i la traducció.