Desordem e retrocesso’

La gestión de la pandemia realizada por el gobierno de ultraderecha hunde la imagen internacional de Brasil. El retorno de Lula da Silva podría devolver a los brasileños una esperanza muy necesitada.

Assy para Pixabay.

Brasil ha batido uno de los récords más sombríos de 2021: el 23 de marzo los medios de comunicación anunciaban que se había convertido en el único país del mundo en lo que va de año en registrar más de 3.000 muertes diarias por COVID-19. Una nación que en los años anteriores a la presidencia de Jair Bolsonaro había logrado, a pesar de sus evidentes y numerosos problemas internos, un encomiable progreso y transmitía vitalidad, de repente no parece más que encadenar malas noticias. “Brasil, a un milímetro del colapso”, titulaba por ejemplo el diario sueco Dagens Nyheter el pasado 23 de marzo. En esta pandemia únicamente Estados Unidos supera en muertos a Brasil, que ha rebasado ya los 300.000 fallecidos, que van, en su inmensa mayoría, al haber del presidente que calificó al nuevo coronavirus de ‘gripezhina’ y que con su acción de gobierno ha contribuido a la aparición de una mutación del virus más contagiosa y agresiva. ¿Alguna queja por la gestión? “Cosa de maricones”, en palabras del mismísimo Bolsonaro en noviembre del año pasado. Que las cosas podrían empeorar todavía más vino a confirmarlo una noticia de Carta Capital del 21 de marzo que revelaba que las agencias de viaje estaban ofreciendo a sus clientes destinaciones donde el sistema hospitalario está colapsado. Una semana antes, Brasil Wire destapaba las presiones de Washington para que el gobierno brasileño no adquiriese Sputnik V, la vacuna rusa contra el SARS-CoV-2, a pesar de las elevadas cifras de muertes y contagios. Una de cada seis nuevas infecciones, de acuerdo a un cálculo de la agencia Reuters, tiene lugar en Brasil, el país cuyo lema es ‘Ordem e progresso’ (orden y progreso).

Pero, entre tantos nubarrones, se abrió paso un rayo de esperanza con el anuncio del retorno de Lula da Silva. El expresidente brasileño, víctima de una campaña de lawfare, podrá concurrir a las próximas elecciones presidenciales. Una encuesta reciente de Estadão, uno de los periódicos más importantes de Brasil, daba a Lula una intención de voto del 50% frente a un 38% de Bolsonaro. No todo el mundo estaba tan contento: la Bolsa de Valores de São Paulo cayó un 4% y el real se devaluó al conocerse la noticia del veredicto que retornaba a Lula sus derechos electorales. Como escribía Benjamin Fogel para Jacobin, “los inversores, aparentemente, no estaban demasiado preocupados por las apocalípticas cifras de muertes por COVID-19 en Brasil, pero el regreso de Lula los hizo entrar en pánico.” No fueron los únicos: “El centro-derecha también entró en pánico, ya que sus oportunidades electorales van a desplomarse rápido”, continuaba Fogel, y “a pesar de la oposición oficial a Bolsonaro, muchos de ellos preferirían un segundo mandato del presidente de extrema derecha al Partido de los Trabajadores (PT) en el gobierno.” Incluso han estado buscando, al parecer, a un “Macron brasileño” que “pueda presentarse como líder de un frente amplio por la democracia contra Bolsonaro mientras desarrolla más o menos la misma agenda económica del presidente de Brasil.” El propio Bolsonaro intenta equilibrar en su estrategia, como exponía Paulo Kliass en Carta Maior, la retórica ultraderechista, “negacionista, autoritaria e intolerante”, y un discurso “más adaptado al paladar y menos indigesto” de la derecha clásica y quienes, en general, “están dispuestos a apoyarlo a cambio de algunos beneficios en el poder.” Con todo, Kliass señalaba cómo Bolsonaro “comienza a perder apoyo incluso entre el sector financiero, que fue fundamental para su elección.”

En Dissent, Andre Pagliarini analizaba los factores que podrían llevar a Lula de vuelta al Palácio da Alvorada, y destacaba la relativa juventud del electorado brasileño y sus vínculos con los trabajadores y más desfavorecidos. Algo que no se consigue, precisaba Pagliarini, de la noche a la mañana. “Lula no ha cultivado una relación con las masas brasileñas basada en la condescendencia”, explicaba, “sino que se ha presentado consistentemente como uno de ellos, un compañero que luchará por los brasileños más necesitados si obtiene su apoyo para él y para los miembros de su partido.” Para este autor, un tercer mandato de Lula podría ayudar a estabilizar el subcontinente, poner en marcha un ambicioso programa político en el que la transformación ecológica y la justicia social van de la mano y, por supuesto, sacar al país del pantano de la COVID-19 al que lo ha arrastrado Bolsonaro. Si los brasileños se decantan por el cambio o no, lo sabremos en 2022. Con suerte, el país pasará página al bolsonarismo y podrá volver a abrazar su lema con la conciencia limpia.

Lawfare, guerra fría con leyes

Lula ha sido una de las víctimas políticas de la llamada ‘guerra jurídica’ en Latinoamérica. Emir Sader recordaba en el diario argentino Página 12 cómo esta “estrategia de la derecha” consiste en instrumentalizar el sistema legal para quebrar “las reglas del juego democrático”. De este modo, logró “hacer caer a diferentes gobiernos democráticos y progresistas en América Latina y promovió el retorno de la derecha al gobierno de estos países”. Pero la tendencia, añadía, podría estar invirtiéndose.

Publicado en El Quinze, 1 de abril de 2021.

Entre el periodisme i la traducció.