EEUU se prepara para la inminente presidencia de Biden entre las primeras decepciones de sus votantes y un presidente saliente que a diario trata de empañar la victoria de su rival en las elecciones.

Trump en el helipuerto de la Casa Blanca, 5 de diciembre de 2020. Fuente: The White House, dominio público.

Ya queda menos para que Joe Biden sea investido presidente de Estados Unidos el próximo 20 de enero. Atrás quedarán cuatro años en los que Donald Trump ha pasado por la Casa Blanca como el Demonio de Tasmania de la Warner Bros. Después de su derrota, el presidente saliente se ha dedicado a sembrar dudas sobre la legitimidad de su sucesor afirmando prácticamente todos los días desde su cuenta de Twitter que las elecciones han sido amañadas y que él es el verdadero vencedor. Con ese mismo fin, Trump ha llegado a llevar el caso a los tribunales a pesar de conocer perfectamente que no tenía ningún recorrido. A nadie escapa que en lo que le queda de presidencia Trump tiene pensado utilizar los últimos cartuchos de dinamita que le permitan. Así, el 10 de diciembre, por ejemplo, proclamaba el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sahara occidental a cambio de que Rabat normalizase sus relaciones con Israel. Hay quien cree que después Trump se retirará a Mar-a-Lago a jugar a golf, gestionar su marca y hacer de comentarista político para medios conservadores en sus ratos libres, pero también hay quien cree que ambiciona seguir su carrera política haciéndose con el control del Partido Republicano.

¿Ha sido la presidencia de Trump un paréntesis anómalo o una seria advertencia?, se preguntan muchos de los observadores de la actualidad estadounidense. La pregunta tendría que ser innecesaria: es, claro está, lo segundo, aunque muchos prefieren convencerse de que se trata de lo primero. De ello forma parte formularse una y otra vez esta pregunta, uno de los rasgos del trastorno obsesivo-compulsivo desarrollado por los comentaristas para librarse de la ansiedad de que el mundo no es como se lo describen a sí mismos. Trump se marcha y llega Biden, de quien el editor de Counterpunch, Jeffrey St. Clair, ha escrito que “en toda su carrera ha vendido una marca de pragmatismo brutal detrás de su sonrisa de implantes dentales”. Los nombres de la futura administración de Biden, como ha ido desgranando meticulosamente el periodista de The New York Times Kenneth P. Vogel, están asociados a Wall Street y en su equipo de transición, como informaba Politico, hay veteranos de Goldman Sachs, Facebook, Google, McKinsey & Co. o Boston Consulting Group. Aproximadamente el 80% de las personas que Biden ha elegido para su administración, de acuerdo con el cálculo The Washington Post, “tienen ‘Obama’ en su currículo, ya sea de la administración o las campañas electorales de Obama.” Poco sorprendentemente, como recogía The Hill, entre los Demócratas progresistas se extiende un sentimiento de decepción. En declaraciones a la cadena de televisión MSBNC, Bernie Sanders afirmaba que Biden habría perdido las elecciones sin el voto de millones de progresistas que “merecen ser representados” en el gobierno y, simbólicamente, el eco de la sala le devolvía sus propias palabras.

A juicio de St. Clair, Biden posee, al menos, una ventaja, ya que se trata de “un político que difícilmente decepcionará a sus seguidores por la sencilla razón de que tiene muy pocos simpatizantes realmente implicados, y a éstos les ofrece muy poco de sustancia.” Además, “los satisface con pequeñas cosas, diminutos actos simbólicos que sirven para enmascarar las traiciones más grandes a los movimientos y aspiraciones que aseguraba representar pero en los que no tenía ningún interés real.” A diferencia de Barack Obama, concluía, “el idealismo nunca fue la enseña de Biden.”

“La única cosa que importaba a los liberales [en el sentido estadounidense del término] en las elecciones presidenciales, una vez más, era apartar a un republicano, esta vez a Donald Trump, del cargo”, escribía un muy crítico Chris Hedges en The Mint Press. “Y esto lo han logrado los liberales”, continuaba, “pero su pacto fáustico, elección tras elección, ha arruinado su credibilidad: no únicamente los simpatizantes de derechas de Trump los ridiculizan, sino también la jerarquía del Partido Demócrata que ha sido tomada por el poder corporativo.” Según este autor, “nadie puede, o debe, tomarse a los liberales seriamente: no están a favor de nada, no luchan por nada, el coste es demasiado elevado, y, de ese modo, los liberales hacen lo que siempre hacen, hablar interminablemente sobre posiciones políticas y morales para cuya consecución rechazan hacer cualquier tipo de sacrificio.”

“Somos los Estados Unidos de Amnesia, no aprendemos nada porque no recordamos nada”, dijo en una ocasión Gore Vidal. Hoy todo Occidente es Estados Unidos de Amnesia mientras, en algún lugar, el próximo Trump podría estar gestándose.

¿Trump 2024?

¿Podría Trump volver a presentarse a las elecciones presidenciales? Según reveló a Politico un exasesor de la Casa Blanca, “Trump probablemente no tiene ni idea si se presentará”, pero como narcicista a quien “sólo le preocupa él mismo”, intentará “marginar a tantos rivales como le sea posible”. Hasta la fecha solamente el Demócrata Grover Cleveland ha sido el único presidente que ha logrado volver a la Casa Blanca después de perder las elecciones de 1888, y cumplir dos mandatos no consecutivos.

Publicado en El Quinze, 23 de diciembre de 2020.