El anuncio de Carles Puigdemont de crear un nuevo partido político agita los medios y las redes, que reflejan cómo la polarización y la crispación entre ERC y el espacio posconvergente va en aumento.

Comitè Executiu Nacional de Convergència Democràtica de Catalunya, 27 de juny del 2016 (CC BY 2.0)

Tome aire. Desde que el espacio convergente comenzó a desintegrarse y reconfigurarse han aparecido todos estos partidos: Democràcia i Llibertat, Demòcrates, Units per Avançar, PDeCAT, Junts per Catalunya (JxCat), la Crida Nacional, Convergents, Lliures, Acció per la República y el Partit Nacionalista Català (PNC). Quizá me deje alguno. A esta lista se sumará el próximo 25 de julio un nuevo partido impulsado por el expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. Esta formación de aires presidencialistas todavía no tiene nombre definitivo, pero la periodista Violeta Tena ya ha propuesto uno: Puigdemoi.

La versión más extendida en los medios de comunicación sostiene que las desavenencias con el PDeCAT han precipitado esta decisión. Sin embargo, El Confidencial avanzaba ya el pasado 17 de junio que Puigdemont iba un paso por delante y rumiaba una operación como ésta con la que dividir a la CUP, “sumar a Demòcrates y diluir el PDeCAT” y al mismo tiempo cerrar el paso al crecimiento de ERC, que sigue perfilándose como primera fuerza en Cataluña. Interpretaciones las hay para todos los gustos. Entrevistado por el semanario El Temps, el historiador Joan B. Culla intentaba ir más allá de los comentarios de urgencia y afirmaba que aunque “viene de Convergència”, Puigdemont “nunca ha sido un político orgánico” y, por lo tanto, carece de “la cultura de partido político”. A lo que añadía que “las circunstancias le han llevado a adoptar esta posición carismática, un poco mesiánica”. A falta de que las primeras encuestas revelen el apoyo a la formación puigdemontista, Culla cree que su líder cuenta con un “gran capital político”, que es “la coherencia”: “No ha flaqueado: está en el exilio, estuvo en una prisión alemana… Ha ido saliendo de todo y se ha mantenido firme”, explicaba al admitir que “no puede presentar ningún balance de éxitos reales: lo intentó y fracasó el 27 de octubre, de acuerdo, se le pueden discutir muchas cosas, pero han quedado diluidas detrás de su imagen de firmeza y de coherencia.”

Desde de Vilaweb, Pere Martí situaba al nuevo partido en el espacio del “centro progresista” e intentaba llamar a la calma recordando que “las posibilidades de éxito de la nueva aventura política de Puigdemont la determinarán los votantes en las urnas que dentro de unos pocos meses se pondrán en Cataluña”. “A partir de hoy no faltarán los profetas del Apocalipsis que augurarán un solemne traspiés, propulsados desde atalayas mediáticas bien conocidas: son los mismos que ya la pronosticaron en las elecciones europeas y en las elecciones catalanas de 2017”, afirmaba Martí, para quien el líder independentista “ha querido ir soltando lastre para ir más deprisa”. Desde su tribuna en El Periódico, Josep Cuní calificaba la maniobra de “acrobacia sin red” y comparaba a Puigdemont con Donald Trump por su relación con los medios de comunicación –y, en particular, las redes sociales– y su propia base de simpatizantes.

En Nació Digital se expresaba con considerable escepticismo Maria Vila Redon: “Puigdemont sabe que la marca del PDeCAT está demasiado vinculada a Convergència y conviene renegar de ella”, escribía recordando que “pronto se dictará la sentencia del caso del 3% y Puigdemont ha de aparecer como lo más desvinculado posible de la formación heredera de Convergència para minimizar el desgaste”. Además, “con [Marta] Pascal fuera, el PDeCAT ya no sirve a Puigdemont ni para hacer ver que planta cara a la poca firmeza de su propio espacio”, por lo que el expresidente “tiene que escenificar una ruptura”. “La máquina de la matraca de la unidad ya se está poniendo en marcha”, lamentaba Vila Redon, “volveremos a escuchar el mantra de que tenemos que ir todos juntos para conseguir la independencia, a pesar de que no tendrán ningún tipo de proyecto para llevarla a cabo”. “Ni Cataluña es su partido ni su partido es Cataluña”, remachaba esta comentarista.

Claro que en toda esta discusión hay un convidado que se mueve, en silencio, entre los tertulianos. Me refiero por supuesto al COVID-19 y su impacto económico. ¿Frenará o acelerará el procés? La pregunta no es baladí cuando muchos pueden hacer suyos aquellos versos de Brecht: “Yo no sé qué es el arroz, no sé más que su precio”. Los mismos que, a continuación, podrían hacer también suyos los versos de otro poeta –más próximo en el espacio y el tiempo– Martí Sales: “Quin cony de Països Catalans és el que tan abrandadament revindiqueu? / L’avorriment i l’estultícia feta poble? […] si ja no som el que érem, / fem-nos fora, auto-exiliem-nos, / fotem el camp: / fora catalans dels Països Catalans!

El timonel ausente

¿Dónde está Artur Mas? Se lo preguntaba Joan Serra Carné en un pertinente análisis para Nació Digital. “El expresidente guarda silencio ante el peligro de ruptura”, observaba Serra Carné. Mas es alguien que “administra los silencios”, y éstos son “relevantes”. Éste es un “silencio de disconformidad, escondido detrás de las apelaciones a esquivar la desunión” y un “silencio de distancia con un espacio que ya no controla”, pero también “un silencio definitivo, que sintetiza el final de una etapa”.

Publicado en El Quinze, 10 de julio de 2020.