El fin de Trump y el futuro del Partido Demócrata

Una pregunta ocupa a los analistas desde hace una semana: ¿Puede el trumpismo continuar sin Trump? Debería ir acompañada de otra: ¿Puede el actual Partido Demócrata sajar el tumor nacional-populista?

Un miembro de los Proud Boys en Washington DC en la manifestación ‘Stop the Steal’ del pasado 6 de enero. Imagen: Elvert Barnes, Wikipedia (CC BY 2.0)

En el momento en que lea estas líneas, no me cabe ninguna duda, estará aún digiriendo el empacho de comentarios de todo tipo sobre el asalto al Capitolio de EEUU del pasado 6 de enero, pero como quiera que mi modesto trabajo es leer todos los artículos posibles sobre un tema para que usted, en principio, tenga que leer los menos posibles, le recomiendo que empiece por el análisis de urgencia que Mike Davis escribió para Sidecar, el blog de la revista The New Left Review, y que tradujo al catalán la revista Catarsi. “Mañana los comentaristas liberales nos asegurarán que los republicanos han cometido suicidio, que la era Trump ya es historia y que los Demócratas tienen la hegemonía a tocar”, escribía Davis al agregar que “declaraciones como éstas, por supuesto, ya se hicieron durante las agresivas primarias republicanas de 2015” y “entonces parecían muy convincentes”. La división interna del Partido Republicano, a juicio de este autor, “sólo proporcionaría ventajas a corto plazo para los Demócratas, las propias divisiones de los cuales han quedado evidenciadas por el rechazo de Biden a compartir poder con los progresistas.” Davis advertía que “liberados de las fetuas electrónicas de Trump, además, algunos de los senadores republicanos más jóvenes pueden demostrarse competidores mucho más formidables en la consecución del voto blanco y con titulación universitaria en los suburbios de lo que parecen creer los Demócratas de centro.”

Como observó Eric Frey para el austríaco Der Standard, “el ataque a la democracia de Trump ha fracasado porque es un maestro únicamente de las emociones y no del pensamiento estratégico”. Su plan de doblar la apuesta en las teorías de la conspiración sobre el fraude electoral con el fin de preservar sus credenciales populistas y mantener una plataforma electoral quedó inesperadamente superado por el celo de sus partidarios y precipitó el cierre de su principal altavoz: su cuenta personal de Twitter con millones de seguidores. ¿Y ahora? “El asalto del Capitolio por parte de los trumpistas es, por descontado, un acontecimiento extraordinario, pero no afectó al trabajo de la maquinaria política estadounidense”, apuntaba el analista ruso Borís Kagarlitsky desde su cuenta en Telegram, “de hecho, es sólo un aviso al establishment de que es imposible continuar de este modo, ignorando los temores, los sentimientos y los problemas de una parte importante de la población.” Pero la señal, se apresuraba a añadir, “no será comprendida, hoy eché un vistazo a los comentaristas de la CNN: todo es culpa del villano Trump, no hay ningún problema objetivo”.

En una columna de opinión en The Guardian, Dale Maharidge señalaba que los ingredientes que permitieron el ascenso de Trump siguen ahí. “Que nadie se engañe con lo que pasará más adelante este año: cuando la distribución de la vacuna esté avanzada, los dos quintiles superiores de la población estadounidense comenzarán a gastar dinero, mucho, pero esto no se traducirá en una época de vacas gruesas para los tres quintiles restantes.” “Decenas de millones de personas en condiciones precarias ya estaban viviendo en una de facto Gran Depresión antes de la pandemia, y muchos empleos de clase trabajadora no regresarán a corto plazo, si es que alguna vez lo hacen”, continuaba Maharidge, “la desigualdad cada vez mayor crea un nivel de rabia entre los votantes que inexplicablemente continua escapando a la comprensión de los periodistas en Washington.”

El Partido Demócrata podría llegar a ser un factor en esa radicalización de la derecha al haber anulado a sus propios rivales internos, como Bernie Sanders o Alexandria Ocasio-Cortez, dejando un considerable espacio a una derecha “populista” aún más agresiva, que mezcle reivindicaciones populares con una dosis de autoritarismo y nativismo. También, como avanzaba el editor de Counterpunch, Jeffrey St. Clair, con sus propias decisiones. “Recordad mis palabras”, decía St. Clair, “la respuesta legislativa al saqueo del Capitolio de la nación será una iniciativa bipartidista para dotar de más fondos a la policía y más restricciones a las libertades civiles, que se impondrán de manera más devastadora a Black Lives Matter (BLM) y los manifestantes antibelicistas, los activistas tribales y los activistas del medio ambiente.” Y, para que quedase claro, este autor declaraba apoyar “el derecho a derrocar a su propio gobierno”. Eso sí, “excluyo al gobierno actualmente en el poder de derrocar al próximo gobierno antes de que asuma el poder, negando así al pueblo la oportunidad de derrocarlo cuando, inevitablemente, le traicione.”

Schadenfreude’

Así definen los alemanes el sentimiento de alegrarse por las desgracias de otro. “Lo sucedido ayer nos ofreció un poco de Schadenfreude, una versión paródica y para todos los públicos de los golpes y asaltos reales y mortales que EEUU ha estado exportando a países en todo el mundo y vendiendo como democracia”, consignó el periodista Yasha Levine en Twitter. No perdieron la oportunidad de enviar mensajes similares políticos de China, Venezuela, Irán o Rusia. Las comparaciones son odiosas, pero…

Publicado en El Quinze, 15 de enero de 2021.