El guiñol bruselense de Orbán

El pulso entre Hungría y Polonia, por una parte, y la Unión Europea, por la otra, ha sido simplificado y hasta caricaturizado por numerosos medios de comunicación. Detrás, sin embargo, hay mucho más.

Visita de Mateusz Morawiecki a Budapest, 26 de noviembre de 2020. Fotografia de Krystian Maj, oficina del primer ministro de Polonia (CC BY-NC-ND 2.0)

Viktor Orbán es el hombre al que los comentaristas de prensa aman odiar. Lo venimos viendo estas últimas semanas a raíz del veto de Hungría y Polonia a la aprobación del nuevo marco presupuestario de la Unión Europea para el período 2021–2027 y el fondo de recuperación destinado a paliar los efectos de la pandemia de COVID-19, que asciende a 750.000 millones de euros. El motivo del veto es el mecanismo previsto por Bruselas, que condiciona su desembolso al respeto del Estado de derecho. En nuestro guiñol mediático la historia se termina aquí y el éxito de los titiriteros se mide por los decibelios del público que demanda el garrotazo a los villanos de turno. “Es un mecanismo apropiado, proporcionado y necesario y es difícil imaginar que nadie pueda oponerse, pero si alguien tiene dudas legales hay un camino muy claro: ir al Tribunal de Justicia de la UE”, declaró la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. En otras palabras, si no has hecho nada malo, ¿por qué estás en contra?

Está el guiñol y luego está quien, como Tim Gerber, se interesa por lo que sucede entre bastidores. Pero esto exige tiempo para el periodista y tiempo para el lector, y ambos no disponen de mucho, sobre todo en un país como éste, donde la precariedad es norma. En un reciente artículo para Telepolis, Gerber defendía que el temor de Budapest y Varsovia “no carece de fundamento”, ya que “el mecanismo puede ser instrumentalizado”, pues “carece de criterios objetivos que puedan aplicarse a cada Estado miembro de la misma manera”. Las decisiones, explicaba Gerber, se tomarían por mayoría cualificada, lo que quiere decir que el resultado “no tendría que ver con lo que un gobierno realmente haga en materia de Estado de derecho en su país, sino si cuenta con la suficiente influencia en la Comisión y en el Consejo Europeo.” Como ejemplo, mencionaba que “de acuerdo con estos criterios puramente políticos, un proceso por vulneración del Estado de derecho contra Alemania quedaría prácticamente excluido, mientras que un país pequeño como Hungría apenas tendría oportunidades para defenderse de que un gran contribuyente neto como Alemania le privase del dinero.” En ese mismo medio, Ralf Streck recordaba unos días después cómo el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) ha fallado en varias ocasiones en contra de España, pero su condición de ser ‘too big to fail’ le ha librado de la inclusión en esa lista. Según un análisis del profesor de Derecho Procesal de la Universitat de València (UV) Ricardo Juan Sánchez, cuyos resultados se hicieron públicos en mayo, el TEDH ha condenado a España hasta 62 ocasiones –diez de ellas por desatender las denuncias de torturas por miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad– en los últimos 20 años por no respetar el derecho a un proceso justo. Podrían mencionarse otros estados, pero el espacio es limitado.

La expulsión de Hungría y Polonia de la UE es una recurrente fantasía centrista. No ocurrirá. Como observa Gerber, la medida repercutiría en los países que aparentemente abanderan la oposición democrática y que, en realidad, se benefician de la mano de obra barata y relativamente cualificada de Europa oriental: “Las residencias de la tercera edad en Austria y Suecia tendrían que cerrar y los cuidados se encarecerían considerablemente; la producción de automóviles, que todos los grandes fabricantes europeos han trasladado a ambos países, junto con sus suministradores de países como Holanda, se encarecería y quedarían privadas de mercados si Polonia, por ejemplo, introdujese aranceles a la importación de nuevos vehículos y vehículos usados.” Además, como añadía el economista Wolfgang Münchau en EuroIntelligence, en esta disputa “Merkel está del lado de Orbán”: “Recuérsese que el dirigente húngaro es una creación alemana: fue un protegido y amigo de Helmut Kohl, ha forjado relaciones estrechas con empresas alemanas, Angela Merkel ha sido una aliada estratégica”. Sin su apoyo, continuaba, “Fidesz, el partido de Orbán, hace tiempo que habría sido expulsado del Partido Popular Europeo”. “Merkel nunca aislará a Polonia y Hungría”, sino que seguramente resolverá la disputa “rehuyendo el problema, como acostumbra a hacer” y dejando que el mecanismo se apruebe y no se aplique nunca contra Hungría y Polonia, otorgándoles, de facto, “inmunidad”. La pregunta clave entonces sería otra que pocos están ya dispuestos a formular: ¿Quién se atreve a enfrentarse a Merkel? “Si elogias a la canciller alemana por su liberalismo y luego hiperventilas sobre el primer ministro húngaro”, sentenciaba Münchau, “eres un hipócrita”.

Resistencia histérica”

El diario polaco Gazeta Wyborcza calificaba la postura de Viktor Orbán y Mateusz Morawiecki de “resistencia histérica” que demostraba que “es un instrumento del que tienen realmente miedo” y reclamaba a Bruselas que dejase “de buscar un compromiso a cualquier precio” y actuase con “dureza”. Orbán respondió con retórica anticomunista: “Antes en el campo comunista se describía como actividad antisoviética, ahora la UE quiere castigar a los estados miembro y lo describe como actividad antieuropea.”

Publicado en El Quinze, 11 de diciembre de 2020.

Entre el periodisme i la traducció.