El negocio de las plataformas digitales se alimenta de víctimas como un dios sediento de sangre”

Peter Mühlbauer | Telepolis.de

Códice Tudela (Imagen: Wikipedia)

Luego que la BBC retirase de su programación la serie Little Britain y antiguas obras de John Cleese, y de que Steven Pinker, Margaret Atwood, Wynton Marsalis, Greil Marcus, Yascha Mounk, Todd Gitlin, Salman Rushdie, Garry Kasparov, Bari Weiss, Mark Lilla y otros 143 conocidas personalidades de la vida intelectual estadounidense publicasen una carta sobre la justicia y el debate abierto, en EEUU y otros sitios se debate intensamente sobre la cancel culture.

Hasta la fecha, la mayoría de participantes de este debate han tratado el fenómeno desde una perspectiva directa, como afectados, o indirecta, empática con los afectados. Quienes intentan analizar el fenómeno en abstracto se remiten a la historia estadounidense y europea: al macarthismo en EEUU en los cincuenta, a la Inquisición o a la caza de brujas. El teórico de la tecnología Geoff Schullenberger ha intentado en Tabletmag transitar otro camino y analizar la cancel culture desde la perspectiva de la etnología y ha acabado de este modo dando con las observaciones de René Girard sobre la víctima en las sociedades preindustriales.

Recompensa en el cerebro

A juicio de éste, todos los participantes en esta debate, quiéranlo o no, refuerzan una dinámica que es inherente a plataformas digitales como Twitter, que viven de proporcionar a los usuarios contenidos y de proporcionar visibilidad a los contenidos de otros usuarios. Los usuarios hacen esto porque, entre otros motivos, determinadas experiencias estimulan sus receptores de dopamina, algo que ocurre cuando son recompensados bien a través de la atención, bien mediante la aprobación o la difusión de sus contenidos, algo que gracias al diseño de las redes sociales se da de manera muy rápida y visible.

Por ese motivo, los usuarios tienden, consciente e inconscientemente, a redactar sus mensajes para conseguir la mayor atención, aprobación y difusión posibles. Una vía fácil y que no exige talento creativo es la indignación. Se trata de generar un fenómeno que se asemeja a una bandada, por una parte, y a una manada, por la otra. A una bandada porque se forma sin una dirección central y, de igual manera, proporciona recompensas sensoriales a todos los que participan de ella. Y a una manada porque con frecuencia se concentra en atacar a un individuo.

Tabús

Los ataques de estas bandadas y manadas contra individuos se parecen, de acuerdo con Shullenberger, a las víctimas de los sacrificios expiatorios de las sociedades preindustriales, que René Girard trató de explicar como una canalización de sentimientos y, al mismo tiempo, una forma de pacificación de un conflicto prolongado entre individuos. Según las observaciones de Girard, la víctima expiatoria debe estar a un mismo tiempo dentro y fuera del grupo para reforzar la cohesión de éste a través de un acto catártico. Por ese motivo debe encontrarse a alguien que haya roto un tabú de este grupo. Y si no se encuentra ningún tabú, entonces se descubren otros nuevos. Girard aclara a este respecto que en las sociedades no-europeas había tabús que a los observadores externos les parecían a menudo absurdos. De estar su teoría en lo cierto, las medidas de censura de las plataformas digitales o la política no conducen a calmar los conflictos en las redes sociales de ningún modo, puesto que la propia dinámica exige que se ofrenden constantemente nuevas víctimas. Los tabús que éstas infringen pueden parecer a los observadores extraños, en particular a quienes tienen cierta edad y han vivido otros tiempos con otras reglas.

En lugar de una reacción enérgica de la política y la economía real a los conflictos en redes sociales, Shullenberger recomienda algo más moderado, pues “el negocio de las plataformas digitales se alimenta de víctimas como un dios sediento de sangre”: “Muchos de quienes defienden la participación en estos deleznables ritos se presentan como portadores del progreso. Pero los sacrificios son cíclicos y jamás tienen un sentido progresista. Facilitan una solución vicaria y temporal a una crisis en la que víctimas individuales representan simbólicamente problemas múltiples y enormes. Así, la responsabilidad se transmite a la víctima sacrificial de manera catártica, a través de la sanción y expulsión del grupo, aliviando la presión por un espacio de tiempo muy limitado.” (Geoff Shullenberger)

Telepolis, 24 de julio de 2020

Traducción: Àngel Ferrero

Entre el periodisme i la traducció.