‘Kagarlitsky letters’: Cuba

El marxista ruso Borís Kagarlitsky sobre las protestas en Cuba.

Manifestación a favor del gobierno en La Habana. Fotografía: Juan Diego Nusa Peñalver para ‘Granma’

Cuba. El descontento venía madurándose desde hacía tiempo, alimentado por las tímidas e inconsistentes reformas del gobierno, que han oscilado entre la aspiración de cambiar algo y el temor al cambio mismo. No ha habido ni una estrategia clara de renovación ni una comprensión clara de cómo posicionarse frente a unas condiciones cambiantes por parte de los dirigentes del país. A medida que la vieja generación ha ido abandonando el primer plano, el régimen ha perdido su legitimidad, asociada a la revolución de 1959, la retórica se ha vuelto cada vez más hueca y las nuevas caras no guardaban relación con el pasado heroico y tampoco despertaban el mismo grado de confianza.

A diferencia de Corea del Norte, la Cuba castrista nunca intentó aislarse del mundo, en oposición a quienes están a su alrededor. Tras la desintegración de la URSS la república se enfrentó a su peor crisis desarrollando activamente el sector turístico, reforzando sus vínculos con los países vecinos de América Latina e intentando armonizar sus relaciones con Europa occidental, para lo que, sin embargo, el bloqueo estadounidense era un obstáculo. El régimen político se suavizó gradualmente, las discusiones públicas que yo mismo tuve ocasión de ver en La Habana eran francas, abiertas y directas, pero el sistema de poder se mantuvo sin ningún cambio y gradualmente se deterioró, como el magnífico centro histórico de la vieja Habana.

Cuba continuó sobresaliendo respecto a otros países de América Latina por su excelente medicina y ausencia de pobreza extrema y hambre. Pero esto no era suficiente para mantener la confianza de la población en el Partido Comunista, todos cuyos sus progresos se situaban en el pasado. A diferencia de los líderes de la revolución, la nueva generación de dirigentes no tenía nada que mostrar a su población. La retórica revolucionaria, que sonaba orgánica en los labios de Fidel e incluso Raúl Castro, se volvió absolutamente vacía cuando recurrieron a ella funcionarios nacidos décadas después del asalto al cuartel de Moncada y la guerra de guerrillas en las montañas de Sierra Maestra.

El cambio generacional en el poder ocurrió con retraso y con lentitud, y los nuevos rostros de la burocracia eran menos atractivos. Aún en vida de Fidel Castro, el poder pasó a su hermano Raúl, quien era mucho menos popular. En algún momento pareció que a Raúl le sonrió la fortuna: el presidente de EEUU, Barack Obama, comenzó a levantar el bloqueo, pero con Trump se endureció de nuevo. El nuevo presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, no cuenta con la misma autoridad, ni el pasado histórico ni el carisma de sus predecesores. Comenzó una nueva ola de reformas de mercado que aumentaron las desigualdades sin traer consigo un incremento del bienestar. Esto afectó especialmente a la reforma monetaria. Antes circulaban en la isla dos tipos de divisa: el peso nacional y el convertible (CUC). El sistema no funcionaba mal, pero el gobierno de Díaz-Canel intentó combinar estos dos tipos para convertir el peso nacional en una divisa de pleno valor. Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario: los ciudadanos y las empresas comenzaron a huir en masa de la frágil divisa nacional para convertirla en dólares.

La epidemia de COVID-19 ha finiquitado al sector turístico. Las perspectivas de cambios políticos y económicos continuaban avistándose en el horizonte, una promesa que se mantenía aunque las posibilidades de materializarse eran cada vez más exiguas. La paciencia de los ciudadanos tocó fin y la isla explotó.

A diferencia de muchos de los regímenes del Tercer Mundo, la base de la estabilidad para la Cuba castrista, especialmente después de la desintegración de la URSS, no era el apoyo externo, sino la habilidad de los círculos dirigentes para encontrar un entendimiento mutuo con una parte significativa de la población interesada en preservar las conquistas de la revolución. Por desgracia, los actuales dirigentes de la isla no están en posición no ya de inspirar entusiasmo entre la gente, sino confianza. Y si intentan resolver esta crisis sirviéndose de métodos puramente policiales, las consecuencias serán catastróficas, no sólo para el actual gobierno, sino para el futuro del país.

Kagarlitsky letters, 13 de julio de 2021.

Traducción: Àngel Ferrero

Entre el periodisme i la traducció.