‘Kagarlitsky letters’: el problema del Partido Comunista para el Kremlin

Borís Kagarlitsky

Manifestación de diputados y simpatizantes del Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF) en protesta por los resultados oficiales de las pasadas elecciones a la Duma. Moscú, 25 de septiembre de 2021 © KPRF.jpg

Las pasadas elecciones han exacerbado el problema del Partido Comunista de la Federación Rusa (KPRF) para el Kremlin. Antes todo era relativamente correcto. El partido permanecía en su nicho sociocultural y político, sin crear especialmente problemas. Pero el agravamiento de la crisis cambió las prioridades políticas del poder, que se despidió en 2020 de las prácticas de “democracia gestionada” formalizadas con Vladislav Surkov, reemplazándolas por el control total. Con el Partido Liberal Democrático de Rusia (LDPR) no fue difícil, y Rusia Justa (SR) fue reformado a la fuerza. Esto no ocurrió con el KPRF, no solamente porque este partido es más grande, sino también porque presenta un mecanismo propio más complicado, en el que hay centros locales de poder, grupos de interés autónomos y una masa de votantes y militantes, cuya opinión no puede ignorarse por completo. Antes, cuando la administración presidencial influía en los procesos internos del KPRF a través de su dirección, todo funcionaba más o menos, pero ahora se requería un control mecánico y total, algo que no podía hacerse de la misma manera que en estructuras más pequeñas y centralizadas.

A medida que los esfuerzos del Kremlin por establecer el control del campo político tenían mayor éxito, más importante era el rol del KPRF como último refugio de quienes intentaban hacer una oposición política legal. A él acudieron los participantes en los mítines en apoyo de Navalni, los radicales de izquierdas y los liberales precavidos. Quienes no podían ni querían entrar en la organización, donde aún cuelgan retratos de Stalin, se convirtieron en sus aliados, compañeros de viaje o, al menos, sus votantes, reforzando la oposición del partido, que había de conservar a sus nuevos votantes y descansaba en nuevos cuadros.

A su vez, las autoridades percibieron lo que sucedía como un intento de los líderes del KPRF de escapar a su control en el momento mismo en el que estrechar el control se convirtió en la principal prioridad del Kremlin. Al proceso vino a sumarse los vicios psicológicos de [el jefe de gabinete de la administración presidencial] Serguéi Kiriyenko y Vladímir Putin, típicos control freaks. Hay un diagnóstico clásico para ello: paranoia de control total.

Como resultado, las elecciones de 2021 se convirtieron en un choque frontal entre el poder y el KPRF, aunque ninguno de los dos lo planeó de ese modo. El problema en que se ha convertido el KPRF lo tendrá que resolver la administración de un modo u otro, y no hay que descartar que recurra a la mano dura.

No envidio a Ziugánov ahora. Guennadi Andreyévich, por supuesto, es un maestro a la hora de sentarse en dos sillas, pero la gravedad de la situación conduce a una elección, catastrófica en cualquiera de sus variantes. Si se pelea con el Kremlin, perderá su estatus e influencia, todo lo que tanto aprecia Guennadi Andréyevich. Si no se pelea, perderá a la mitad del partido. Y lo más importante, sea cual sea el resultado, ¿seguirá necesitando el Kremlin a Ziugánov?

25 de septiembre de 2021

Traducción: Àngel Ferrero