Las promesas de Joe Biden generan entusiasmo y envidia en Europa. Sin embargo, los críticos ven las medidas como insuficientes y señalan al elefante en la sala que todos se empeñan en ignorar: China.

“Mantened la fe” (keep the faith) fue una de las frases más repetidas por Joe Biden durante la campaña electoral de 2020. Y a fe, valga la redundancia, que algunos se han tomado muy en serio aquella consigna, sobre todo a este lado del charco, donde, de creer a pies juntillas a sus opinadores, el presidente estadounidense es la mismísima reencarnación de Franklin D. Roosevelt. Por supuesto, con su propia versión del New Deal debajo del brazo: un vasto programa de inversiones en infraestructuras y servicios públicos y ambiciosas reformas impositivas que ayudarán a equilibrar la balanza social. “Joe Biden quiere enterrar 40 años de hegemonía neoliberal”, llegó a titular, eufórico, El País, que en otro artículo hablaba incluso de “revolución fiscal”.

El diablo está, como siempre, en los detalles.

En Counterpunch, Jeff Mackler ponía la lupa sobre el ‘Plan Biden’, recordando las propias palabras del presidente de EEUU sobre cómo las medidas anunciadas están sujetas a modificaciones: “Bienvenido sea el debate, los compromisos son inevitables y habrá con toda seguridad cambios… pero la inacción no es una opción.” No compre nunca sobre plano ni aporte el dinero por adelantado. ¿Por dónde empezar? El impuesto de sociedades es un buen lugar: Trump lo redujo del 35% al 21%, Biden ha prometido aumentarlo del 21% al 28%, así que, comparado con el tipo impositivo que existía durante la presidencia de Barack Obama, las empresas han conseguido una rebaja fiscal del 7%. Por lo demás, sostiene Mackler, los debates sobre porcentajes son prácticamente irrelevantes porque, “en realidad, pocas, si es que alguna multinacional estadounidense, pagan hoy un impuesto de sociedades del 28%, no digamos ya el impuesto previo del 35% o el revisado de Trump del 21%”. Grandes corporaciones como Amazon, Goodyear, General Electric o Boeing, asegura Mackler, están “equipadas con un sinfín de ‘deducciones’ que han sido incorporadas a la legislación fiscal por los favorecidos ‘cabilderos’ de la élite empresarial.” Por ejemplo, de acuerdo con un estudio de Citizens for Tax Justice, “cuando Trump redujo el tipo impositivo al 21%, 379 empresas de la lista de Fortune 500 pagaron una media del 11’3% en impuestos.”

Algo similar puede decirse del plan de Biden para resucitar la industria y crear puestos de empleo, duramente criticado por el economista Marshall Auerback en un artículo para The Scrum. Auerback considera que los anuncios de nuevos impuestos son “un chiste, el típico truco neoliberal”, genuinas “reformas placebo que evitan adoptar muchas decisiones difíciles que ofenderían a los principales sectores de la base del Partido Demócrata.” ¿Qué hay detrás de estos grandes anuncios y pequeñas concesiones?, se preguntaba Auerback. “Si la administración Biden tiene una preocupación que la define, ésa es, de lejos, la de reflotar –ya no podemos decir ‘mantener’– el ‘liderazgo mundial’ de América, la expresión preferida de Washington para evitar la de ‘hegemonía imperial’, bastante más incómoda”, escribía este economista, para quien “este nuevo plan se presenta en última instancia como un subconjunto de la cuestión geopolítica principal que ocupa al equipo de seguridad nacional de Biden, que es, en una sola palabra, China.” Pero ésa sería otra cuestión sobre la que escribir en otro momento, que lo habrá, y con toda seguridad.

En una entrevista reproducida por Sidecar –el blog de la New Left Review– la feminista estadounidense Nancy Fraser describía a la administración Biden como “una formación de compromiso”, un “interregno” –por usar la conocida expresión de Gramsci– preñado de “tensiones inherentes que van a aparecer tarde o temprano”. Aunque “está todavía por ver cuándo y de qué manera, y también si se resolverán y en qué términos”, “cuando se derrumbe el compromiso de Biden, como tiene que pasar, los liberales atacarán probablemente a la izquierda y tratarán de resucitar al neoliberalismo progresista con algún nuevo disfraz, igual que las fuerzas del MAGA (Make America Great Again) tratarán de resucitar su alternativa reaccionaria populista”, pronosticaba Fraser. En este punto, continuaba, “la izquierda se enfrentará a una encrucijada”: “En una hipótesis, redoblaría las formas de superficiales políticas de identidad que impulsan la cultura de la cancelación y el fetichismo de la diversidad; en la otra, haría un serio esfuerzo por construir una tercera alternativa, articulando una política inclusiva de reconocimiento con una política igualitaria de redistribución.” Al final Roosevelt no se encontraba en la sala de prensa: la política no es espiritismo.

Alianza transatlántica por el clima

Annalena Baerbock será finalmente la candidata de los Los Verdes alemanes a las elecciones generales de este otoño. En una de sus primeras intervenciones tras conocerse la noticia, Baerbock propuso en una entrevista en Deutschlandfunk “una alianza transatlántica por la neutralidad climática”. Más desapercibidas pasaron, no obstante, sus palabras describiendo esta alianza como algo que iba más allá del medio ambiente para incluir “la competencia entre sistemas”, en referencia a Occidente y China.

Publicado en El Quinze, 30 de abril de 2021.

Entre el periodisme i la traducció.