La guerra detrás del muro de arena, detrás del muro informativo

Los combates entre Marruecos y la RASD revelan la incomodidad de las cabeceras españolas hacia este conflicto, que refleja la de los políticos. Podemos se convierte en diana de la Brunete Mediática.

Tropas saharauis cerca de Tifariti (RASD), 2005. Fuente: Wikipedia (CC BY-SA 2.0)

¿Cómo hacer una revista de prensa comentada sobre un asunto sobre el que los medios hablan más bien poco y con evidentes reticencias? Porque ésa es la injusticia con la que se trata estos días a la castigada República Árabe Saharaui Democrática (RASD), que el pasado 14 de noviembre dio por enterrado el precario alto el fuego con Marruecos y atacó posiciones de sus fuerzas armadas en Bagari, Al Mahbes y Guerguerat. La semana pasada hablábamos en esta página de Nagorno-Karabaj, con el que la causa saharaui presenta, interesantemente, algunas similitudes: como los karabajíes, los saharauis se enfrentan a un enemigo cuya superioridad tecnológica es patente y con en la práctica un solo país aliado, Argelia, cuyo respaldo no es sin fisuras. Nos encontramos, claro está, ante la proverbial lucha entre David y Goliat. Lo que no quiere decir que esté todo perdido para la RASD.

“La gente que realmente dirige Marruecos –la camarilla habitual de oficiales del ejército más una familia real corrupta– sabe por amarga experiencia que su ejército es inútil”, recordaba hace ocho años John Dolan en The eXile. “Desde 1976 a 1989 (o 1991, dependiendo de qué historia se crea), el ejército marroquí trató de eliminar a la guerrilla del Polisario, el movimiento de independencia del Sáhara español”, continuaba al señalar que “fracasaron tan estrepitosamente que tuvieron que construir un gigantesco muro de arena en su frontera sur porque los soldados del Polisario en sus camionetas Toyota (la verdadera arma de comienzos del siglo XXI) no sólo defendieron el Sáhara español, sino que comenzaron a atacar ciudades marroquíes e incluso ocuparon Lebueirat, una gran base militar en el sur de Marruecos, en 1979.”

Marruecos cuenta no sólo con el apoyo de un puñado de influyentes países árabes y europeos, sino la desidia de los sucesivos gobiernos españoles, al punto que el representante del Frente Polisario en Madrid, Abdulah Arabi, aseguraba en una entrevista con la agencia EFE que “de España no esperamos nada, simplemente que no nos haga más daño del que nos han hecho.” “Teníamos esperanzas con el actual gobierno, compuesto por una coalición que se destaca por su posicionamiento al lado de la justa causa del pueblo saharaui y así lo decía en sus congresos y declaraciones”, explicaba Arabi, “pero hasta ahora, como gobierno, han seguido haciendo más de lo mismo, intentando en todo momento agradar a Marruecos, intentando sacrificar una vez más al pueblo saharaui en aras de garantizar esa supuesta seguridad en materia de inmigración, de control del tráfico de droga… los chantajes habituales”.

A todo ello se suma, como recogía una noticia de Cuarto Poder sobre unas jornadas realizadas por el Grupo de la Izquierda Unitaria / Izquierda Verde Nórdica (GUE/NGL), la dimensión económica. En él, el periodista Sebastián Ruiz revelaba que “más de 16.000 empresas tienen negocios en Marruecos”, muchas de las cuales, según el eurodiputado Miguel Urbán, participan en “la ilegalidad con la que se expolian los recursos naturales del Sáhara […] de espaldas y sin consentimiento del pueblo saharaui”, desde minas de fosfatos a calas pesqueras. “Es el ocupante desde Rabat quien concede las licencias a las empresas con el silencio cómplice del resto de actores de la comunidad internacional”, denunció Urbán. De acuerdo con Anselmo Fariña, integrante de la Asociación Canaria de Amistad con el Pueblo Saharaui, “no hay camión militar, tanque o jeep que se mueva sin que el combustible haya suministrado por empresas españolas”.

Quizá esas 16.000 empresas expliquen cosas como el editorial de El Mundo que culpaba Pablo Iglesias de la situación: “Que el vicepresidente del gobierno aliente la causa saharaui mostrándose a favor de un referéndum en el Sáhara mina las acciones de la diplomacia española y enfurece a Rabat”. Han leído ustedes bien: que Iglesias defienda lo mismo que pide la ONU enfurece a Marruecos y no debería hacerse. En esta ciénaga que es el periodismo en España uno ya no espera encontrar al próximo Upton Sinclair, pero sí al menos un poco de decencia. Por eso seguramente tampoco nadie se atreva a investigar la Fundación Ibn Battuta, generosamente patrocinada por Marruecos, desde cuya cuenta de Twitter se suma a iniciativas a favor de la igualdad y la diversidad y contra el racismo, menos, al parecer, el de los saharuis. Su presidente, Mohamed Chaib, considerado un hombre cercano al régimen marroquí –y según el periodista Ali Mrabet, un colaborador de sus servicios de inteligencia–, fue diputado del PSC en el Congreso de los Diputados la legislatura pasada. Misterio resuelto.

Marruecos, ¿una “democracia emergente”?

Un artículo de Bloomberg de julio sugería la posibilidad de un retroceso en las reformas llevadas a cabo en Marruecos, cuyo PIB podría contraerse este año un 5’2% a consecuencia de la crisis de la COVID-19, lo que podría llevar a la pérdida de 2 millones de puestos de empleo. El país ha visto ya otras protestas en el pasado, como la de los rifeños. La homosexualidad está castigada en Marruecos por el código penal con penas de hasta tres años de prisión. ¿Sanciones? Sólo para Rusia y Bielorrusia.

Publicado en El Quinze, 27 de noviembre de 2020.

Entre el periodisme i la traducció.

Entre el periodisme i la traducció.