Italia se asoma una vez más al precipicio. O más bien la empuja el ex primer ministro Matteo Renzi con una jugada política de alto riesgo que podría acabar con un gobierno liderado por Matteo Salvini.

Imagen: Cuenta oficial de Twitter del Partito Democratico (PD) (@pdnetwork)

Sin duda, este 2021 comienza fuerte. Por si no había suficiente con la tercera ola de la pandemia de COVID-19 y el asalto al Capitolio de EEUU, la amenaza de un gobierno encabezado por Matteo Salvini y Giorgia Meloni se cierne ahora sobre Italia, con Silvio Berlusconi reducido a comparsa de las fuerzas que contribuyó a desatar. Con la decisión de retirar a los tres ministros de su partido, Italia Viva, de la coalición de gobierno, Matteo Renzi adelantó el reloj de Italia a la novena hora, cuando, según la Biblia, Jesucristo fue crucificado. En esta Pasión el propio Renzi se ha asignado el papel de Judas Iscariote: hasta un 43% de los italianos se pronunció a favor de que el ejecutivo de Giuseppe Conte continuase, según un sondeo del Instituto Nando Pagnoncelli para el Corriere della Sera publicado el pasado sábado. En esa misma encuesta el porcentaje de italianos que aprobaba la labor del gobierno subía hasta el 49% y hasta el 56% en el caso del primer ministro.

¿Por qué tomó Renzi la decisión de dinamitar el gobierno si Italia Viva actualmente ronda en las encuestas de intención de voto un 3%, un porcentaje que le haría perder la representación parlamentaria? El economista Wolfgang Münchau recomendaba en EuroIntelligence ir más allá de las encuestas “y no subestimar la dinámica política”: “Renzi ha identificado el fondo de recuperación y la lentitud en la campaña de vacunación como dos cuestiones ideales para elevar su perfil político.” Y aunque “Renzi ya no es la bestia de la política italiana que fue, aún conserva un marcado instinto político.”

En el diario alemán junge Welt, Simon Zeise describía a Renzi como “el hombre de Merkel”. Una de las cosas que Renzi reclamaba a sus socios de gobierno es que aceptasen dinero del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), pero, como explica Zeise, éste sanciona a los estados “cuando su endeudamiento supera el 60% del Producto Interior Bruto (PIB) o la nueva deuda supone un 3% adicional”. “No podemos”, replicó el ministro de Economía, Roberto Gualtieri, al recordar que la deuda italiana alcanza ya el 160%. De adoptar la propuesta de Renzi, escribe Zeise, “los resultados serían demoledores”: “En vez de invertir en la mayor crisis económica desde la Segunda Guerra Mundial para estabilizar la atención sanitaria y el sistema social, Roma debería desmantelar estructuras para atender a los más desfavorecidos” y “Alemania podría finalmente dictar las normas a la tercera mayor economía de la Unión Europea”.

El bloque de la derecha sacó la navaja automática, que lleva tiempo cosquilleando en su bolsillo. “El centro-derecha está preparado para dirigir el país”, dijo Salvini a la prensa a la salida de una reunión en Milán de la coalición, de la que forman parte además de Fratelli d’Italia –el partido posfascista de Meloni– y Forza Italia –la formación de Berlusconi– otros dos partidos: Cambiamo y Noi con l’Italia. Salvini se burló de la posibilidad de formar una nueva coalición de gobierno in extremis –que describió como una “sopa minestrone”– y exigió a Conte la convocatoria inmediata de elecciones anticipadas. El viento sopla en sus velas: aunque la Liga ha ido dejándose puntos en todas las encuestas de intención de voto en los últimos meses, el bloque de la derecha seguiría obteniendo una mayoría para gobernar. A diferencia del primer gobierno de Berlusconi en 1994, que incluyó a ministros de la neofascista Alianza Nacional y la Liga Norte, en esta ocasión las tornas se invertirían y el ejecutivo estaría encabezado por dos partidos de ultraderecha. El seísmo se dejaría notar en la calle y en los medios, pero probablemente menos en las cancillerías, al menos durante algún tiempo, porque el impacto de la formación de un gobierno compuesto por esa constelación de partidos enviaría ondas por todo el continente. Recordémoslo: hace dos semanas hablábamos en este mismo espacio de la reunión secreta en Berlín entre el vicesecretario federal de la Lega, Giancarlo Giorgetti, y Marian Wendt, diputado de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Alemania, para acercar posiciones. El encuentro entre Giorgetti y Wendt significaría que los conservadores alemanes no descartan un gobierno de derechas en Italia y, al miso tiempo, que la Liga estaría dispuesta a suavizar su programa para evitar un choque frontal con Berlín. ¿Se convertirá Italia este año en el “eslabón débil” de la Unión Europea? ¿Acabará Conte crucificado en las urnas por sus antiguos socios de gobierno? Este 2021 podría comenzar como Alfred Hitchcock quería para sí sus películas: con un terremoto para después ir subiendo en intensidad.

Marine Le Pen, diez años al timón de la ultraderecha

El 16 de enero se cumplieron diez años años de la elección de Marine Le Pen como presidenta del Frente Nacional con un 67’65% de los votos, heredando así el cargo de su padre, Jean-Marie Le Pen. Los medios franceses hicieron balance de esa década al frente del partido que hoy se llama Agrupación Nacional (RN) y que ha funcionado como rompehielos de la ultraderecha europea, normalizando su discurso. Le Pen se ha fijado ahora como meta mejorar sus resultados en las elecciones regionales de junio.

Publicado en El Quinze, 22 de enero de 2021.