La tormenta en el vaso de ‘scotch’

La rotunda victoria de los independentistas en las elecciones en Escocia el pasado 6 de mayo abre la posibilidad de un segundo referéndum de autodeterminación, con consecuencias para todo Reino Unido.

Fotografía de David Iliff para Wikipedia (CC BY-SA 3–0)

Todo fuera tan fácil como mover una piedra. La semana pasada un campesino belga del pequeño municipio valón de Erquelinnes provocó, sin quererlo, un incidente político cuando, molesto porque una piedra bloqueaba el camino de su tractor, la apartó para poder continuar con su trabajo. Lo que el protagonista de esta historia que acabó siendo recogida por varios medios de comunicación no sabía es que aquella piedra delimitaba desde el año 1819 la frontera con Francia, establecida formalmente al año siguiente en el Tratado de Kortrijk, y que, moviéndola, había ampliado el territorio belga en 2’29 metros. El caso terminó en anécdota, pero no pasó desapercibido para Ógra Shinn Feinn, las juventudes del partido republicano irlandés, que bromearon desde su cuenta de Twitter: “Nos está dando ideas”.

Hacía mucho tiempo que al viejo imperio no se le veían las costuras como en estos días. Las elecciones en Escocia dejaron al Partido Nacional Escocés (SNP) a un escaño de la mayoría absoluta. La suma de los 64 diputados del SNP y los ocho de Los Verdes, también favorables a la independencia, unida a una participación sin precedentes del 64%, hace muy difícil a Londres esquivar la cuestión de un segundo referendo de autodeterminación. “¿Oís ese crujido?”, escribía Georges Monbiot unos días antes de las elecciones en las páginas de The Guardian, “es el buque del Estado empezando a agrietarse”. Monbiot recordaba que “el centenario de Irlanda del Norte de esta semana será casi con toda seguridad el último”, ya que la reunificación de la isla se ha vuelto “inexorable” de atenerse a los últimas encuestas, que muestran, como vimos la semana pasada, un aumento gradual, pero consistente, de los partidarios de la unificación en los últimos años. A la dimisión de Arlene Foster, líder del Partido Unionista Democrático (DUP), vino a añadirse la del dirigente del Partido Unionista del Ulster (UUP), Steve Aiken, agravando la crisis del unionismo frente a un republicanismo, sólidamente encabezado por el Sinn Féin, al que el independentismo escocés ha dado un nuevo impulso. Además, añadía este columnista, “hasta hace unos pocos años la independencia de Gales parecía un pasatiempo para excéntricos, y sus partidarios no tendían a superar el 10%, pero una encuesta en marzo mostró que un 39% de los galeses votarían a favor de abandonar la Unión.” Con todo, Monbiot veía “el desplome al ralentí de Reino Unido” no como causa para lamentarse, sino como una “oportunidad” para las naciones constituyentes de Reino Unido “para hacer las cosas de otra manera”. “La regeneración política es imposible sin la ruptura de la Unión”, sentenciaba.

En su newsletter para EuroIntelligence, el economista alemán Wolfgang Münchau señalaba a los “estrategas de butaca orejera” que, desde Bruselas, “contemplarían sin duda la independencia de Escocia, seguida de la entrada del país en la Unión Europea, como un acto de venganza por el Brexit”, y a continuación enumeraba algunos de los de problemas de esa posibilidad. Münchau, que recomendaba a la UE “no interferir en este debate”, destacaba el problema económico que supondría, más allá de la cuestión de la divisa, la incorporación de Escocia al bloque, ya que implicaría necesariamente cambiar por completo su modelo económico para ajustarlo a los tratados en una escala “que no se encuentra en el radar de ninguno de los partidos políticos”. Un artículo del diario suizo Neue Zürcher Zeitung apuntaba a la integración de la economía escocesa en la del Reino Unido: hasta el 60% de sus exportaciones, según un estudio de la London School of Economics (LSE), va al resto del país, muy lejos del 21’6% que termina en la UE. “El peor resultado, y uno bastante posible, es que no se tratase esta cuestión, que Escocia votase por un estrecho margen a favor de la independencia y la UE, sólo para encontrarse con que Escocia es un miembro de trato tan difícil como lo fue antes Reino Unido”, especulaba Münchau, que planteaba al lector imaginarse “el daño político a la UE si una Escocia insatisfecha activase el Artículo 50 después de cinco o diez años para volver a unirse a Inglaterra”. También alertaba de que “una mayoría con un margen estrecho puede acabar invirtiéndose con facilidad, y hacerlo por razones que nada tienen que ver con la cuestión misma.” No lo decía Münchau, pero ¿en qué lugar quedaría Bruselas de aceptar, y aún promover, la independencia de Escocia mientras al mismo tiempo mira hacia otro lado o incluso obstaculiza los movimientos independentistas en su propio territorio, en Flandes, en Euskal Herria, en Cataluña y otras partes?

Más allá de Escocia

Aunque Escocia acaparó toda la atención internacional, el mismo día se celebraron elecciones al Senedd Cymru, el Parlamento de Gales. La esperada subida de los los independentistas galeses del Plaid Cymru, sin embargo, no se materializó, y el partido mantuvo un porcentaje de voto prácticamente idéntico al de las elecciones del 2016. El Partido Laborista, que cosechó unos decepcionantes resultados en las elecciones locales en Inglaterra, pudo consolarse, al menos, con una victoria clara en Gales.

Publicado en El Quinze, 14 de mayo de 2021.