La zona gris del antifascismo institucional alemán

Claus Schenk Graf von Stauffenberg en Bamberg, 1926. Bundesarchiv / CC BY-SA 3.0 de

El pasado sábado Angela Merkel participó en el homenaje en Berlín a Claus von Stauffenberg y el resto de integrantes del complot de 20 de julio, quienes, 75 años atrás, intentaron acabar con la vida de Adolf Hitler en un atentado. Algunos periodistas y políticos –entre ellos Jon Inarritu, diputado de EH Bildu en el Congreso de los Diputados– se hicieron eco del acto en redes sociales para denunciar la política de memoria histórica en España. Va de suyo que comparar “algo” con “poco” siempre beneficiará a lo primero y si esa fuera la intención de Inarritu este artículo acabaría aquí mismo, pero el diablo, como se dice, está en los detalles. La política de memoria histórica en Alemania ha sido y sigue siendo en realidad problemática, no únicamente por lo que respecta a su historia reciente, sino también a su pasado colonial: ya sea desde las resistencias a compensar a los prisioneros soviéticos de guerra (una medida que no se aprobó hasta el año 2015) o reconocer el genocidio de los pueblos herero y nama (no se hizo hasta ese mismo año) a las calles que aún hoy mantienen los nombres de personas que colaboraron con el régimen nazi. Por motivos de espacio y de claridad, me limitaré al caso de quienes participaron en el complot del 20 de julio.

Debido al rango de sus autores, el del 20 de julio se trata del más célebre –no en último lugar gracias a películas como Valkiria (Bryan Singer, 2008)–, pero no es ni de lejos el único intento de acabar con la vida de Hitler ni tampoco el único cuyos autores eran alemanes. El más conocido acaso sea el intento de magnicidio del carpintero Georg Elser. En 1939 Elser instaló una bomba bajo un puente de madera de Múnich en el que Hitler había de ofrecer un discurso, pero el dictador consiguió salvar la vida gracias a que abandonó el lugar 13 minutos antes de la detonación. Elser fue detenido ese mismo día y, tras ser interrogado y torturado en Múnich y Berlín, fue internado en el campo de concentración de Dachau, donde fue ejecutado el 9 de abril de 1945. Alemania contó además con una resistencia antinazi en el interior del país: desde la llamada “orquesta roja” –una vasta red de espionaje que ayudó a judíos a escapar de la muerte, transmitió información a los Aliados y documentó los crímenes del régimen– hasta la desobediencia civil representada, a menor escala, por algunos pastores protestantes y el grupo La Rosa Blanca en Baviera. El semanario Der Freitag ha dedicado precisamente en su última edición un artículo a la importancia del movimiento obrero organizado –socialdemócratas y comunistas– en la organización de la resistencia antinazi.

A diferencia de los anteriormente mencionados, los integrantes del propio complot del 20 de julio no opusieron resistencia al nazismo hasta avanzada la guerra. Claus von Stauffenberg, el más conocido de ellos, fue en su juventud un simpatizante de la llamada ‘revolución conservadora’ –un movimiento intelectual que se oponía a las ideas de la Ilustración, la democracia y el liberalismo– y contribuyó más tarde a la instrucción paramilitar de la sección de asalto (Sturmabteilung, SA) del Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán (NSDAP). En 1939, por ejemplo, Stauffenberg escribió a su mujer una carta desde la Polonia ocupada calificando a la población de “populacho en el que hay “muchos judíos”, cuyos “miles de prisioneros harán bien a nuestra agricultura”. Aunque Stauffenberg se distanció gradualmente del nacional-socialismo, su pensamiento no dejó de ser nunca elitista y reaccionario. Hace diez años el historiador británico Richard J. Evans alertó en un artículo para el Süddeutsche Zeitung de los intentos de ensalzar su figura al considerar que se trataba de una persona “muy poco apropiada” para ser tenido en cuenta como “un ejemplo” a seguir debido a su “rechazo arrogante de la igualdad política y social.”

Otros integrantes del complot de 20 julio presentan un historial mucho más turbio. Eduard Wagner, por ejemplo, fue responsable de crímenes de guerra contra prisioneros soviéticos, y en una carta a su esposa de 1941 tachó de “sentimentalismo” cualquier oposición al sitio de Leningrado y la muerte de millones de sus residentes. Otro de los conjurados, Arthur Nebe, fue uno de los principales responsables políticos del genocidio del pueblo gitano, primero, y comandante de un escuadrón de la muerte (Einsatzgruppe) de las SS responsable de la ejecución de numerosos judíos y civiles en Europa oriental, después. Henning von Tresckow, por citar a un tercero, firmó la orden del 28 de junio de 1944 para secuestrar a entre 40.000 y 50.000 niños polacos de entre 10 y 14 años, que fueron deportados a Alemania como trabajadores forzados, una operación conocida como Heu-Aktion. Éstos son los hombres a los que Merkel describió el pasado sábado como “verdaderos patriotas” el pasado sábado en su discurso, asegurando que “nos urgen a estar vigilantes y confrontar el racismo y el nacionalismo en todas sus facetas.”

Uno de los argumentos más extendidos en defensa de la tardía respuesta de los integrantes del complot del 20 julio es que el Holocausto los empujó a la oposición al régimen. Historiadores como Christian Gerlach y Hans Mommsen han refutado sin embargo este argumento. En efecto, ¿cómo podían ignorar estos hombres crímenes de esa magnitud, más aún desde los puestos de responsabilidad que ocupaban? Como representante del ejército, Wagner no solamente estaba informado de los crímenes de guerra y contra la humanidad cometidos por sus tropas –y otros planeados, como el exterminio del 80% de la población francesa–, sino que actuó de enlace con las SS en el despliegue de los Einsatzgruppen en territorio soviético. Gerlach y Mommsen sostienen que los autores del complot estaban en realidad más preocupados por la inminente derrota de Alemania –las batallas de Stalingrado y de Kursk en 1943 imprimieron un giro en los acontecimientos y entregaron al Ejército Rojo la ofensiva, mientras el desembarco en Normandía en 1944 abrió un decisivo segundo frente al Oeste del país– y la posibilidad de una ocupación militar, así como por la pérdida de los territorios orientales y los privilegios que conllevaban, en particular para quienes, como Stauffenberg, tenían un origen aristocrático. Los conspiradores ni anhelaban restaurar la democracia parlamentaria de la República de Weimar ni contemplaban la posibilidad de devolver los territorios ocupados por Alemania antes de 1939, como Austria, Alsacia-Lorena, los sudetes e incluso parte de Polonia, así como las antiguas colonias.

¿Por qué las autoridades de la República Federal Alemana (RFA) eligieron entonces el 20 de julio como símbolo de la resistencia al nazismo? La respuesta no es difícil de imaginar. Tras la Segunda Guerra Mundial y en plena guerra fría, la RFA necesitaba construir un relato histórico que la legitimase como Estado. La procedencia social, las ideas conservadoras y la condición militar de los miembros del complot del 20 de julio se ajustaba a ese fin –y muy particularmente a la restauración del Bundeswehr, distanciándolo de su implicación en los crímenes de guerra cometidos durante el conflicto– y ofrecía a historiadores y medios de comunicación afines un espacio gris cuyos matices podían explotar en beneficio propio. La columna vertebral de la resistencia al nazismo, y la que en verdad fue determinante en su derrota, siempre estuvo vinculada al movimiento obrero. Lamentablemente, no ha gozado del mismo estatus. En el caso de Elser, por ejemplo, su reconocimiento ha sido tardío y en ningún caso equiparable al de Stauffenberg a efectos institucionales. Los comunistas que resistieron al nazismo recibieron su justo homenaje en la República Democrática Alemana (RDA), pero tras la extinción de ésta han sido relegados prácticamente al olvido. Todo ello, por supuesto, sin entrar en la valoración del papel del Ejército Rojo, al que los medios del establishment alemán acostumbran a mencionar más en relación a las violaciones cometidas durante la ocupación que respecto a la liberación de Europa y Alemania del fascismo. ¿Y es ésta la política de memoria histórica que hemos de envidiar?

Entre el periodisme i la traducció.