La noticia de que los teléfonos móviles de Torrent, Maragall y otros políticos independentistas fueron espiados ha causado indignación, pero no ha logrado escapar a las tensiones entre ERC y JxCat.

Pegaso. Teatro en Poznan, Polonia. (Imagen: Wikipedia)

Una de espías. La publicación a comienzos de la semana pasada de la noticia, de manera simultánea en el español El País y el británico The Guardian, de que el teléfono móvil del presidente del Parlament de Catalunya, Roger Torrent, había sido objetivo el año pasado de un programa de espionaje provocó la enésima tormenta polémica. Un tópico que seguramente habrán leído en los periódicos. Sucede sin embargo que estas tormentas se producen últimamente en otro tópico: el del vaso de agua. También –y esto ya no es un tópico–, que las aguas por las que navegan los barcos bajo la tormenta en el vaso de agua son, en realidad, las de un pantano que, por motivos que aquí no pueden abordarse, nadie se ha atrevido a drenar o ha podido hacerlo. Sea como fuere, a medida que pasaban los días nos enterábamos de que los teléfonos móviles de Ernest Maragall, del conseller de Políticas Digitales y Administración Pública, Jordi Puigneró, de la exdiputada de la CUP Anna Gabriel y del director técnico del Consell per la República, Sergi Miquel, también habían sido espiados con el mismo programa de origen israelí, un software que utilizan entre otros los servicios secretos españoles. Tanto Torrent como Maragall han anunciado ya que se querellarán contra el exdirector del CNI, Félix Sanz Roldán.

Además del ya mencionado The Guardian, el asunto fue recogido por otros medios internacionales, desde Alemania a Rusia. Uno de los artículos que más repercusión tuvo apareció en Motherboard, una cabecera especializada en nuevas tecnologías vinculada a VICE. Ésta se puso en contacto con un extrabajador de la empresa creadora del programa y con el expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont, quien, por correo electrónico, recordó que “España ha estado utilizando métodos autoritarios en los últimos años: en mi coche instalaron una baliza de rastreo, algo que está siendo investigado por las autoridades belgas”. Puigdemont también insistió en que “la UE no puede esperar más para actuar”. Por nuestros pagos, El Confidencial dedicó un perfil a Shlaev Hulio, el fundador de NSO Group, la empresa creadora de Pegasus, el programa de espionaje cuyo nombre aparece en más de una decena de escándalos por espionaje, y La Vanguardia, un reportaje sobre los protocolos de seguridad de los Mossos d’Esquadra y la Agencia de Ciberseguridad de Cataluña para proteger a los miembros del gobierno y el parlamento catalanes, en el que señalaba cómo “las diferencias entre los socios políticos del govern complican en ocasiones las labores preventivas”. En El Periódico, Antonio Franco especulaba precisamente con la posibilidad de que la operación tenga su origen no en Madrid, sino en el “pulso sin cuartel –o con cuartel en Waterloo y Barcelona– que vive la misma familia independentista catalana.” Con todo, es en la jungla de las redes sociales donde acostumbran a encontrarse las opiniones sin refinar. Así, el conocido jurista Joan Queralt ha descrito en su cuenta de Twitter esta sucesión de noticias como un “festival de las cloacas” y, desde la Fundación Irla, Lluís Pérez Lozano acusaba a quienes se expresan preocupación “por la ‘deriva autoritaria’ de colgar un lazo amarillo en el Ayuntamiento, pero llevan 24 horas sin decir una palabra sobre el escándalo de espionaje contra políticos independentistas o alguna broma y poco más”.

Pero no todo el mundo se ha expresado con la misma diplomacia o solidaridad hacia Torrent o Maragall. En El Nacional, por ejemplo, Bernat de Déu aseguraba que lo ocurrido era una buena noticia “porque si fuese por su actividad política notoriamente insustancial […] Roger Torrent nunca hubiera ocupado la primera página de un medio de comunicación internacional”. En una línea similar, y comentando una noticia de Vilaweb que recogía las declaraciones de Torrent a favor de “redoblar” la apuesta por el diálogo con el Estado, Valtonyc se marcaba un drive by y vaciaba en redes sociales el cargador de su uzi: “Ayer sale que les espían ilegalmente y hoy piden más diálogo: yo creo que son gilipollas”. Y en respuesta a un cargo de ERC que le pedía que borrase este tuit añadía que “no hay peor insulto a tus compañeros de viaje que hacer manitas por debajo de la mesa con el deep state, y más un día después de que salga que os han estado espiando ilegalmente, no se entiende y parece que os estáis riendo del pueblo.” ¿Pero realmente existe esta situación? Uno se inclina a pensar más bien que, desde Madrid, la respuesta a todas las llamadas desde Cataluña sigue siendo la misma que da el teléfono móvil cuando uno se va de excursión a la montaña: “No hay señal”.

Al otro lado de la línea

Pere Martí ponía en Vilaweb el escándalo en contexto recordando cómo añade “dudas sobre la convocatoria de la mesa de diálogo que había de hacerse este mes de julio”. Para Martí, lo ocurrido plantea “si tiene sentido o no tratar de negociar con un gobierno que no solamente no hace propuestas, sino que mantiene la represión contra el independentismo”. Desde El Punt Avui Òscar Palau veía la mesa de diálogo congelada ‘sine die’ y anotaba que esta revelación se añade a una larga lista de agravios.

Publicado en El Quinze, 24 de julio de 2020.