Notas marginales al conflicto en Etiopía

Una guerra lejana como la de este país en el Cuerno de África, que en los medios ocupa un espacio reducido y secundario, puede acabar revelando más de lo que parece sobre equilibrios internacionales.

Bandera de Tigray. Fuente: tplofficial-org.

¿Qué relación guarda un conflicto en la región de Tigray, en Etiopía, con la gestión de la pandemia de COVID-19? El pasado 19 de noviembre, el jefe del Estado mayor de las fuerzas armadas etíopes, el general Birhanu Jula Gelalcha, acusó en un discurso televisado, sin pruebas, al director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el también etíope Tedros Adhanom, de “no haber dejado piedra sin mover” para ayudar al Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT) en el campo diplomático, además de proveerlo de armas en su conflicto contra el ejército etíope después de varios meses de tensiones entre el gobierno regional y el central. Las afirmaciones fueron recogidas rápidamente por los medios de comunicación internacionales, obligando a Adhanom a responder a las acusaciones con un comunicado publicado en su cuenta de Twitter. “Ha habido informaciones que sugieren que he tomado partido en esta situación, esto no es cierto”, aseguraba, “quiero decir que estoy en un único bando y ése es el de la paz.”

Entre la distancia geográfica –que hace disminuir su impacto informativo, algo bien estudiado por las ciencias de la comunicación– y la prohibición de Adís Abeba de dejar entrar a periodistas en las zonas de combate, las informaciones de este conflicto nos llegan como un eco lejano y débil. Apenas sabemos de la fuerza de los contendientes o sus alianzas internacionales, de la posición de los países vecinos, del número de víctimas militares y civiles o del desarrollo de los combates, más allá de los parcos partes de guerra oficiales. Una pieza informativa del diario The Guardian hablaba de “bombardeos aéreos y fuego de artillería” a lo largo de un amplio frente que han “obligado a decenas de miles de personas a huir”. Según este periódico, el conflicto podría prolongarse y enquistarse al punto de convertir Etiopía en la “Libia de África oriental”, ya que el FLPT cuenta con una larga experiencia en la guerra de guerrillas, que el terreno montañoso de esta región y el apoyo local favorecen: el FLPT fue una de las fuerzas que derrocó al gobierno de la República Democrática Popular de Etiopía en 1991 tras perder éste el apoyo soviético. A diferencia del resto de partidos del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE), el FLPT rechazó en diciembre de 2019 disolverse en el Partido de la Prosperidad fundado por el primer ministro Abiy Ahmed, alegando que se trataba de un maniobra centralizadora y autoritaria. Otro de los peligros que la mayoría de los comentaristas señalan es que el conflicto en Tigray termine desbordando la frontera de Etiopía y extendiéndose a otros países, en particular a Eritrea.

Un análisis de The Africa Report exponía el trasfondo internacional de este conflicto. Su autor recordaba que para Washington fue “un alivio” la pérdida de poder del FLPT, acusado “de tener fuertes relaciones políticas con Beijing y haberse convertido en el principal defensor de una nueva vía de desarrollo económico, de la soberanía política y del paradigma del Estado desarrollista en las relaciones internacionales y la economía de África”. Para este medio, “no es ningún secreto que diplomáticos estadounidenses participaron en los acontecimientos que condujeron al nombramiento de Abiy Ahmed como primer ministro” y confían en que éste “iniciará una ola de privatizaciones”. Una operación, indicaba, que EEUU “ha intentado hacer también en Sudán y Somalia con éxito dispar”. Y por tercera semana consecutiva, nos encontramos con una lección amarga de Realpolitik: “Lo que está ocurriendo en Etiopía demuestra, una vez más, que se espera resolver los problemas ideológicos y políticos (al menos por parte de la actual administración estadounidense y sus aliados en el Golfo Pérsico y la región) por la fuerza y que esa voluntad será aceptada internacionalmente como un hecho consumado”, concluía.

Este completo análisis abordaba además el conflicto como un choque entre “dos proyectos” para el Estado etíope, un caso “único” en el continente y que ha interesado por esa razón desde hace décadas a los investigadores de ciencias políticas, ya que sus arquitectos “rechazaron explícitamente el modelo de Estado nacional europeo”. Asimismo, era muy crítico con el papel de la Unión Africana (UA), con sede precisamente en Adís Abeba, lamentando que la organización haya visto el conflicto “desde los márgenes”, en “una prueba de su desesperación frente a las fuerzas externas y no africanas que causan destrucción incluso frente a su puerta.” Irónicamente, como recordaba The African Report, el lema de la UA es “silenciando las armas en África”.

El dilema etíope

Este conflicto “ha puesto en primer plano cuestiones centrales de la teoría política etíope: ¿Debería ser el Estado federal o unitario? La segunda cuestión […] es si la soberanía descansa en los diferentes grupos étnicos en Etiopía o en el Estado mismo”, escribía Alden Young en Africa Is a Country. El dilema de Etiopía –un país con 80 grupos étnicos–, planteaba Young, “no es simplemente escapar el legado del colonialismo, sino trascender su inclusión periférica en la economía-mundo capitalista”.

Publicado en El Quinze, 4 de diciembre de 2020.

Entre el periodisme i la traducció.