Por los siglos de los siglos

Elfriede Jelinek

Policías inspeccionando el automóvil de Jörg Haider tras el siniestro (AFP)

Lo decisivo del Salvador es que viene, su llegada. Nunca va. El Salvador es inmortal porque su llegada está en marcha y no puede irse, aunque ya haya partido definitivamente. ¡Pero nunca se trata de una partida decente, no! ¡De eso nunca! El rey de los alisos cabalga tan tarde, a través de la noche y el viento, por las carreteras, avanzando entre la niebla. [1] Quizá extiende una mano, no buscando el freno, sino su teléfono, como si estuviera hecho para su mano. El amante, de quien el redentor querría redimirse, su discípulo favorito, su Johannes, esta ahí, al aparato, ¿quién sino?, éste es un teléfono personal, el Salvador, un maestro del entretanto y del mientras tanto, pero nunca de la existencia ni de la llegada (¡y ya nunca llegará!), extiende su ser hacia las alturas como un animal juguetón sus patas, un animal que disfruta de su cuerpo, pero que ya no lo necesita más (y en verdad se necesita más el cuerpo que la palabra, el cuerpo es para él más importante): allí hay un joven, dice, que aún ha de alcanzar al Salvador, que le ha abandonado. Quiere estar en el Paraíso con él también hoy, pero no podrá ser. Quiere recuperarlo, porque sólo de él, del Salvador, viene la Salvación, que es invariablemente su salvación, y todos han encontrado en él a su propio Salvador, que era un hombre, y a menudo le gustaba ser hombre. Pero ya no será más hombre, el Salvador. Tampoco él quiso nunca ser un hombre. Mientras era un hombre, por encima del resto, siendo como era un hombre, no era ningún hombre. Su discípulo favorito, quizá con su llamada, con su premura, ha molestado, sobresaltado al otrora joven, que, raudo, ha dopado su propia sangre para ajustarse a la velocidad de su Phaeton como lo haría un atleta para mantener el ritmo para alzarse con la victoria. [2] Ahora sin embargo ha molestado al Salvador, él, el discípulo favorito, ha destruido la misión redentora, de la que él era la parte más importante, este joven ha destruido la obra y al Salvador con ella. Se acabó. ¿Podrá así redimir aún mejor? Ahora nadie podrá dañarlo. ¿Quién cabalga tan tarde a través de la noche y el viento? ¿Quién puede resistírsele cuando habla a los hombres, quién puede resistirse a sus partes, con las que domina a los hombres? Los mancebos se arremolinan en derredor suyo, llegados de los campos lo rodean, en las discotecas lo rodean, también allí redime, aunque desde luego no expeditivamente, [3] todavía son necesarios, claro, pero no compensa, pero quieren ser salvados, éste quiere una salvación y el otro otra, un buen trabajo, un ayuda por desempleo por la que, no obstante, uno puede acabar menospreciando ese puente y saltar de cabeza al río, ¡y así apenas se puede nadar!, [4] unas migajas por toda ayuda familiar, aunque ya no haya niños por eso. Así es. Una cerca protectora delante de la casa unifamiliar, todos quieren una para sí, una de cemento, camuflada entre cipreses, ¿o son cipreses, camuflados entre cemento?, y contra ella choca el Salvador y, junto con su espléndido, bello, poderoso y pesado automóvil, salta en pedazos por los aires. A veces se tiene que creer también en la fuerza. Ellos no creían, y así sobrevino el crujir del metal y de la carne. Nadie podría haber dañado un vehículo tan pesado como ése. El cemento y la valla pudieron. Los mancebos han quedado atrás. Ya no podrán ir en su búsqueda, el Salvador habrá de avanzar pues para siempre en solitario. La mujer y las hijas lloran, pero él ya no aparecerá más, cuando daba un paso al frente se destacaba por encima de todos los demás. No puede. Hacerse presente. Se presentaba cualquier otro, pues él puede prescindir de sí mismo y nadie puede prescindir de él. No puede marcharse. Ha redimido bastante, ahora tiene que seguir redimiendo, no puede dejársele hacer otra cosa, así es como funciona, él es quien puede salvarnos mejor. ¡Hombres con corazón, que no pueden hablar de él sin sollozar, que mintieron a su Salvador, aún quieren presentarse! Otros anduvieron esperando en un local, completamente solos, todavía están solos, el Salvador quería ir a otro local, no quería que fueran con él, ni tan siquiera quiso llevarse consigo a su discípulo favorito. Hay lugares a los que hasta un César llega a pie, pero él siguió conduciendo, él, el César patrio, no debería haberlo hecho. El Salvador destacaba por su jovialidad. Era jovial cuando enviaba a los desamparados y a los apátridas a las montañas a que respirasen aire puro, ¿qué más puede desearse? no puede desearse nada más, así se deporta a un centro especial, como ahora, sí, el Salvador es un hombre especial, de hecho ni siquiera es un hombre, es Jesús, es el rey de los alisos con veloces caballos bajo sus pies, uno solo no le bastaba, pisaba con gusto el acelerador y aún lo hubiera pisado más a gusto si hubiera sido posible, pero eso está prohibido. Y sin embargo lo hizo. Darle gas era su afición, era ya la afición de su predecesor, todos lo hacen, pero él lo hace mejor, aquí mantuvo la tradición, porque de lo contrario no se preserva. El país es hermoso, pero ¿qué puede conservar uno aquí? Los hombres de este hermoso país sólo seguirían gustosamente a su Salvador cuando viene y cuando se va, pero lo importante es que los salva allí donde los encuentra dispuestos, y por los demás no quiere ser conocido y no puede ser conocido, hacen vacaciones, una vez al año, con los otros, pero sin embargo son amigos. En otro caso no habría recibido la llamada. De ahí el esquí, el ir en bicicleta, el ir en mountain bike, el excursionismo, la escalada, el advenimiento, el no permitir la entrada a los extranjeros, ir consigo mismo, por sí mismo a la montaña, donde yo tan a gusto voy, otros no, no quieren ir a Saualpe, pero deben ir. La fidelidad de los camaradas alpinos habla del goce de la cumbre, no es ninguna llegada vacía, ningún kilómetro es en vano cuando se va a la montaña, donde se alcanza clímax; allí se encuentran los lugares en los que los extraños se refugian, allí pueden sentirse cómodos y dejar de ser extraños, el Salvador por eso se preocupa sólo por nosotros, sólo por nosotros, y siempre comienza con sus palabras, porque las palabras de un dios siempre tienen un comienzo y no encuentran nunca un fin, tampoco cuando llega el largamente esperado fin y cuando el fin mismo se ha marchado y el Salvador con él. No queda ya ni rastro del Salvador, ¡pues son sus huellas tan indelebles, mayores que él!, que nunca jamás se alejará. Un poco más, y sigo con vosotros, y un poco más todavía, y ya no sigo con vosotros, y un poco más y así, y tengo que irme ya. Muchos pocos más son a menudo aburridos. Y eso no los queremos. Lo que queremos no debe negársenos en ningún caso y a lo que no queremos ya nos negamos nosotros mismos. Todo lo demás es cosa de la solución final, en la “centro especial”, y de allí se marcha, al vertedero, entre escombros, quien debiera permanecer entre nosotros, pero por eso aún no salvado, ya y para toda la eternidad. Salva sólo a los nuestros, con exigencia, sin medida que lo someta, a él, al Salvador, que les privó de poderes porque anhelaba todo el poder para sí mismo. Por doquiera deja tras de sí su obra, los redimidos, los crápulas, quienes a gusto se sometieron al Salvador, que traen la Salvación, que por desgracia es muy poca. Estos salvados son poca cosa para el Salvador. Él quiere salvar a aún más. El Salvador ya no le da muchas vueltas al asunto: aquí sólo pueden sacarse en claro unas cuantas consignas. Los chavales de las granjas con sus caras rojas, bronceados bajo los rayos uva, ellos son la solución, se les puede pagar siempre y en todas partes, su amor es la palabra clave, permanece, y es su herencia. Ahora son huérfanos, aunque siguen queriendo salvarse. Ahora ya saben cómo funcionan las cosas. Nunca serán capaces de hacerlo. Sólo hay un Salvador, pero demasiadas consignas para un rebaño tan pequeño. El radiante carro solar ha echado el ancla en el pardo fango. El fango, que está sucio, donde el Salvador retozaba, donde echó el ancla, donde afirmó y se reafirmó con la jovialidad que siempre lo caracterizó, pues el Salvador también es cantante, su voz siempre le perteneció, era oírse su voz y el resto de voces se le unían a coro. El discípulo llora. Apenas pudo estar en la última cena y no pudo quedarse a los postres. ¡Ay, qué desgracia! Para cuando los postres habían llegado el Salvador ya había probado otros sabores y cruzado otras llamas, él puede ir donde quiera, eso lo decide él mismo. Los desconocidos ¡fuera!, no serán salvados y nada podrán decidir, vienen de las praderas alpinas, donde sólo los animales no aparecen en sus consignas. Uno no puede librarse fácilmente de los otros hombres, de los extranjeros, de los extraños. Son animales, y como tales deben alejarse de los hombres y ser separados en corrales. No tienen ningún producto que pueda interesarle a nadie. ¿Quién cabalga tan tarde? ¿Quien está necesitado, quién no tiene todavía, quién tiene ya, quién tuvo siempre? El mayor logro desde que hay logros es el Salvador. Sucedió en un país muy pequeño, a pesar de todo. Sucedió y entonces anduvo, escaló y condujo tan rápido como pudo. Su existencia es única, porque no puede verse como uno más, pero sí en cambio como el único. Sólo tuvimos uno como él. No volveremos a ver uno como él. Nunca más lucharemos contra uno como él. Quizás vuelva, pero no podrá reconocérsele: la tragedia del Salvador es que siempre regresa, también como otro, debe por lo tanto quedarse y pronto deja de reconocérsele. Se le reconoce posiblemente en otro. ¡Terrible! ¡En otro! A él se le reconoce sólo una vez, y esa vez ya ha pasado, se ha roto el cuello y partido el corazón. ¿Pero podría reconocérsele más tarde en otro? ¡No! La noche y el viento y la velocidad lo han conseguido, ahora, marchándose, él es eterno. Allí se empequeñeció aún más lo que para él era pequeño. Este coche era demasiado grande y demasiado rápido. El chico suplica como si se sentase sobre un caballo, el padre y su hijo, ya no llega a su destino, ni siquiera le ayudan el esfuerzo y la urgencia. Los extranjeros reciben una casa, una injusticia, porque el Salvador ya nunca llegará a la suya. El chico se aferra a él e implora, así es con este Salvador que es todo velocidad y alcohol en la sangre, quiere detenerse, mejores consejos ha oído, él no es alguien a quien se pueda detener; el único que puede perder los estribos, el chico, quien, en cualquier caso, no puede detenerle, y ahora está exasperado, Jesucristo, ya no puede reconocérsele, porque ya no se tiene a sí mismo. Ya no tiene su cuerpo, pero el cuerpo del Salvador es quizá lo más importante para él, sin cuerpo no es nada, por eso lo muestra constantemente, con diferentes trajes y atavíos, a veces sin ninguno, mostrando que sin ropa también es el Salvador. Sin dobles fondos, sin trampa ni cartón. Las limosnas las obtiene directamente de su cuerpo. Está en lucha con todos, él es la lucha misma, para reconciliarse consigo mismo, sólo con algunos sigue siendo implacable, es su manera de ser, para poder así destacar en particular su benevolencia y su carácter conciliador. Su llegada es siempre el Advenimiento. Sus visitas alpinas son siempre el Advenimiento, que aún está por llegar, en cualquier momento se situará en lo más alto, pero por eso es el acontecimiento tan efímero, su país será uno mejor, siempre ha sido así, en concreto a través suyo, quien había sido, como había sido en todas las épocas, así será en la eternidad. Aunque sea de los más pobres y débiles, el país será uno de los mejores, porque el Salvador así lo ha dicho. Los preciados muchachos son el futuro, pero también son el presente. Acuden de los pueblos y de las tiendas, también de las escuelas, los consultorios médicos y las farmacias y las universidades. Los discípulos. Algunos de los discípulos favoritos. No tienen competencia. Ninguna mujer, ningún anciano podría reemplazar los cuerpos de los muchachos. Nadie puede hacerlo. El Salvador siempre quiere cuantos más mejor y siempre de la mejor calidad, los quiere para él, pero también los quiere para su estado, que es pobre y pequeño, pero que, cuando algún día sea salvado, será grande y rico. Pero el poder y la riqueza es siempre lo que está por venir y nunca lo que hay. Los habitantes creen que todo estaría ya ahí, aunque sospechan que primero tiene que llegar, pero para ellos ya está ahí. Mientras el Salvador se lo prometa, está ahí. Mientas el Salvador entregue su cuerpo a los hermosos muchachos, le tienen, tienen el cuerpo del Salvador como rehén. Sólo un momento y ya no estaré más entre vosotros, y un poco más y volveré a estar entre vosotros. Por esta vez el pequeño momento durará mucho. Y el Salvador funda sobre el momento, mientras otros fundan sobre el aburrimiento. Otros acaudillan hombres con el tedio. No el Salvador, que funda, que forja y crea. También compra. Estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Sólo un momento, y habré estado con vosotros, mientras os digo una y otra vez que estaré siempre ahí. O no sería el Salvador, sería sólo un buen compañero, lo que por supuesto soy, porque lo soy todo. Me doy prisa, dice el Salvador, he de estar en todos los lugares, hasta el fin de los tiempos, y ahora suena mi teléfono móvil y me entrega al tiempo, pero el tiempo me excede, no es apropiado para mi. Apropiados serían para mí una época como la que yo viví, una época como la que vivieron mis padres. Esta época es pequeña, la haremos grande, estando yo con vosotros hasta el fin de los tiempos, que ahora se ha hecho muy pequeño para mí, por eso debo apresurarme, ningún padre con ningún niño, con la droga circulando por la sangre, porque debo estar en todas partes, debo estar aquí, debo estar allí, y eso sólo se consigue en verdad con la mayor de las velocidades. Joven hasta el fin del mundo y de camino a toda velocidad como los otros, como un caramelo de azúcar entre otros, así está el Salvador, solo, nunca estando solo, siempre con alguien, está de camino, porque prefiere poder compartir la mayor parte de su camino, no únicamente contra el muro de cemento, también a través diferentes señales de tráfico (que apenas instaló y rotuló, porque cada cual ya se entendía) y luego a través de él mismo. Estoy con vosotros. Discípulos, montañas, dudas, poder y lo bello rejuvenecedor, lo mejor en el ser del Salvador, que puede sentirse joven y rejuvenecer, ¿verdad? Quien se comporta como alguien más joven acaba volviéndose un poco más joven. De la misma manera se ha conseguido el poder. Así se ha decidido. El Salvador ha de ser joven y permanecer siempre joven. ¿Aún hay quien lo duda? ¿Ustedes? No deberían dudar más, el Salvador conduce la amplitud de la calzada hasta el final y también hasta el fin de sí mismo, aunque sigue viviendo, cuida para sí mismo a su Land, y dijo, de verdad, de verdad: ¡Me preocupo de él! No era sin embargo necesario, porque él siempre estará ahí, hasta el fin de los tiempos. Y otros estarán siempre de camino, eso le preocupa, hasta el fin de una época concreta, y entonces seguirán deportándose, a los otros, a los que no pertenecen a los nuestros. ¿Quién lo duda? ¿Todos? No, quizá usted, ¡pero nadie más lo duda! Nadie. La tierra no se le cierra, está gastada, envejecida, el Salvador la rehará. Todo lo rehará. El Salvador abrirá el mundo y se unirá a él, sin él no puede existir el mundo. La tierra patria, a la que pertenecen quienes pertenecen a su partido, esto es así. La historia del mundo está asignada a la conciencia, y la verdadera conciencia es solamente la conciencia de los alemanes. Aquí sólo lo alemán, afuera todo lo demás. Así los reunió a todos el Salvador, tierra y mundo, y su origen es la lucha, dijo el pensador, el origen de este Salvador fue la lucha por la tierra, de la cual algunos deben marcharse y sólo el resto quedarse, porque los últimos serán los primeros, el último será el primero. Discípulo, montaña, duda, poder y el rejuvenecerse, eso ya no pasa. Los muchachos campesinos de las aldeas como discípulos. Sus rostros informes: rostros de discípulos. Suena el móvil. ¡Señor, no te olvides de mí! ¡Que nadie se preocupe, seguiré con vosotros cuando no esté con vosotros!, no puedo estar con uno solo de vosotros, seguiré con vosotros, hasta el fin de los días. ¿Alguien lo duda? ¿Usted? ¡Yo no! Tampoco nadie, porque yo soy todos. El discípulo es todos los otros discípulos, cada discípulo es todo. Quien no sea discípulo: ¡fuera! ¡A los Alpes! Allí hay un lugar para los residuos peligrosos, donde no pueden interferir en la tierra patria. ¡La mezcla no es buena bajo ningún concepto! Los discípulos creen, pero a veces dudan, el Salvador lo tiene todo en su mano, los tiene a todos en su mano (sin embargo tiene también otras cosas en la mano, pero no para cambiar, el departamento de finanzas ha escrutado todos sus gastos, pero no puede ir más allá), el Salvador los tiene en la mano, y todo lo tiene en la mano: trabajos, subsidios, ayudas, para cada uno algo diferente, y el Salvador todo lo tiene en su mano y lo distribuye, algo se queda para sí en la mano, él se sostiene sí mismo por la mano, pero no siempre. El móvil suena, el coche va demasiado rápido, y allí está en el centro y allá una señal de tráfico contra todos y todo, a la que no podemos prestar atención. Todo está bajo nuestros ojos, pero no podemos prestar atención a todo. ¿Quién lo duda? Los discípulos no lo dudan. Los otros dudan, pero no son discípulos, para este Dios no son los discípulos adecuados, para este Salvador no traen la suficiente salvación. ¡Fuera! No hay ninguna razón para dudar de que el Salvador tiene plenos poderes. Él los ha recibido. Los ha recibido de sus discípulos, y ahora salva, allí puede llegar, es lo que quiere, y entonces, el muro de cemento. Se ha redimido. Si es necesario, uno se salva a sí mismo cuando no hay ningún otro allí a quien salvar. El teléfono móvil sigue sonando. ¡Fuera, hombres de poca fe! ¡Fuera todos los demás! Sólo los discípulos pueden quedarse, también cuando ya no sean jóvenes pueden quedarse, excepcionalmente. Sólo quien sea discípulo, y además joven, puede quedarse. [5] No haremos ninguna excepción. Los caballeros más ancianos de las organizaciones, los eternos jóvenes de los salones de esgrima de las asociaciones estudiantiles (¡incluso sus nietos siguen todavía practicando la esgrima académica!), [6] ya no son jóvenes, pero también ellos pueden quedarse, a través de ÉL. Los escépticos, ¡fuera! Conseguimos discípulos, y jóvenes, y los jóvenes nos hacen rejuvenecer a nosotros. Estoy con vosotros, hasta el fin de los tiempos, hasta el fin de los días. ¿Qué dios, qué hombre podría desafiar a la Nada? Muchos pueden oponerse al Salvador, seguro, no serán salvados, pero a la Nada sí que nadie puede oponerse. Y la Nada se embellece a cada día, en la Resurrección puede que vaya allí. A mí se me ha concedido todo el poder, dijo en una ocasión el Salvador, allí acaso presagiaba ya la Nada, a la que espera, y que con todo aún no ha sido sometida en el nombre del Padre, que está muerto. También nosotros moriremos, aunque no al mismo tiempo. No-muertos. Los Salvadores son no-muertos, conducen su lucha sagrada entre los intereses vitales de los hombres y la bendición del más allá, que ÉL ha encabezado, demasiado rápido, pero en cualquier caso, él está allá, sobre la calzada. Se me han concedido todos los poderes, en todo el mundo, también en el Saualpe, allí en especial, el poder sobre los débiles no es contra nuestros rivales en la montaña, a quienes se quiere someter, acaso él no lo quiera, pero lo hará, a pesar de los incrédulos: ¡a los Alpes con ellos! A los centros de internamiento, a los depósitos de residuos peligrosos, porque quien no es un discípulo no es un hombre, y algunos no deben jamás llegar a ser discípulos y tampoco pueden serlo. No reúnen las cualidades necesarias, así que han de marcharse. Se los elimina, y a través de estas maquinaciones consolida su poder el Salvador sobre suelo carintio. Pero lo mismo vale en otras partes. Así es. Así ha sido. El Salvador se alza y amenaza al viento y al Wörthersee y al Saualpe [7] y a la calzada y al Phaeton, al carro solar, a las señales de tráfico, al jardín frente a la casa, al muro de cemento, a las hileras de cipreses, a los conductores lentos, a quienes debe adelantar, pues el Salvador siempre está al frente, o de lo contrario no puede verse de dónde viene el Salvador, siempre delante, con su cuerda arrastra a los hijos de los agricultores, los hijos de los dioses atraviesan su cuerpo, el del Salvador, el móvil suena, y sobreviene un silencio absoluto luego que el Salvador haya amenazado una vez más a todos. Deben creerlo todo. Por los siglos de los siglos. Amén.

( 22/10/2008 )

Notas de traducción

[1] Referencia al célebre poema de Johann Wolfgang Goethe.

[2] Volkswagen Phaeton, el automóvil que conducía Haider ebrio y excediendo la velocidad permitida la noche del accidente que terminó con su vida, es un modelo de gama alta con un precio de venta superior a los 75.000€ y considerado en su momento por la compañía como su “obra maestra”. Irónicamente, toma su nombre de Faetón, en castellano, hijo de Helios y Clímene, que tomó el carro de su padre para demostrar a sus amigos que era hijo del dios solar. Faetón perdió el control de los caballos y, volando ora demasiado alto, ora demasiado bajo, creó los desiertos y las zonas heladas del planeta. Zeus intervino golpeando el carro con un rayo y Faetón cayó en el río Erídano, donde se ahogó. Su amigo Cicno se apenó tanto que los dioses lo convirtieron en cisne. Sus hermanas, las helíades, fueron transformadas por la misma razón en alisos o álamos.

[3] Juego de palabras entre “erlösen” -salvar, redimir- y “enderlösen” -por “Endlösung der Judenfrage” (la “solución final” para la cuestión judía)-.

[4] Überbrückungshilfe, en el original. Se trata de un subsidio del gobierno federal y de cada estado federado en Austria a los antiguos funcionarios, siempre y cuando demuestren no disfrutar de ningún otro subsidio y carezcan de prestación por desempleo. Überbrucken tiene en alemán el significado de “matar el tiempo”, pero al tratarse de una palabra compuesta del prefijo Über y el sustantivo Brücke (puente), permite a la autora el juego de palabras en el original.

[5] Juego de palabras entre “Jünger” (discípulo) y “jünger” (más joven).

[6] Paukböden en el original. Se refiere al Mensur, una práctica tradicional entre las fraternidades estudiantiles exclusivamente masculinas (especialmente conservadoras) de Alemania, Austria, el cantón suizo-alemán y, en menor grado, Letonia y Polonia (territorios de la antigua Prusia oriental), en la que dos participantes se enfrentan en un combate de esgrima con estoque a una distancia fijada. A pesar de las protecciones en el tronco, cuello y ojos, las heridas y cortes en la cara (Schmiss) que requieren atención médica son frecuentes: soportarlas y no retirarse se considera signo de hombría.

[7] Referencias al estado federado de Carintia, del que Haider era gobernador.

Traducido por Àngel Ferrero

Entre el periodisme i la traducció.