Sputnik-V, ‘eppur si muove’

El giro de los acontecimientos con respecto a “la vacuna de Putin” nos deja una pregunta inquietante, pero inevitable: ¿Y si la “campaña de desinformación” no la dirigió la Unión Europea y sus medios?

Vacunación de personal médico en Moscú. 24 septiembre de 2020. Fuente: Mos.ru / Wikipedia (CC BY 4.0)

Europa ha sido víctima de una campaña de desinformación. La han llevado a cabo ni más ni menos que las autoridades europeas contra su propia población con la cooperación necesaria de los medios de comunicación europeos. Cuando el Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya anunció en mayo de 2020 que había desarrollado la primera vacuna contra el SARS-CoV-2, el virus causante de la COVID-19, la noticia fue recibida en Occidente con escepticismo, cuando no mala fe por parte de algunos. No podía ser, y si no era imposible, entonces su efectividad no era la que sostenían las autoridades sanitarias rusas. La “vacuna de Putin”, como no tardaron en bautizarla algunos medios, tenía que ser una maniobra propagandística del Kremlin destinada a socavar la confianza en nuestras democracias plenas. En Rusia sólo hay desfiles ininterrumpidos de soldados, tanques y misiles intercontinentales y oscuras tramas de espionaje con ‘novichok’. Lo sé porque lo he visto en la tele y en la tele no sale otra cosa de Rusia.

“El remedio ruso contra el coronavirus sólo tiene de novedoso haberse saltado todas las normas”, escribía por ejemplo en El País Jorge Sampedro, responsable de divulgación científica. Su corresponsal en Moscú, María Sahuquillo, recomendaba el artículo con una gramática cuestionable desde su cuenta de Twitter: “siempre Ciencia y no propaganda Datos y no historia de la ciencia soviética o d la lucha contra la viruela d Catalina la Grande” (sic). “La verdadera receta de la vacuna de Putin: nacionalismo, propaganda y mucho humo”, decía un titular de El Confidencial que agregaba que “nadie espera nada de Moscú a nivel científico o médico”. Tres cerebros nada menos se estrujaron para redactar este análisis: los de Antonio Villarreal, Carlos Barragán y Guillermo Cid. “Si la carrera por la vacuna contra el coronavirus fuese una maratón”, dejaban ir los autores, “lo que Rusia hizo este martes equivale a presentarse en la línea de meta media hora antes que el resto de participantes, sin haber sudado una gota, con toda la pinta de haber cogido el metro y sin embargo autodeclarándose el vencedor de la competición.”

Como éstos hay tantos otros ejemplos que a mí me dan vergüenza ajena y a sus autores, aparentemente, ninguna. El código deontológico de ciertos colegas parece encabezado por aquella mítica frase de Homer Simpson a su hija Lisa: “Los hechos son irrelevantes: ¡puedes usar los hechos para demostrar cualquier cosa que sea remotamente verdadera!” Pero los hechos, como le gustaba recordar al viejo Engels, son tozudos, y comenzaron a caer con todo su peso real a comienzos febrero, cuando un estudio de la revista The Lancet despejaba todas las dudas y confirmaba que la vacuna de Gamaleya tenía una eficacia del 92%. A finales de ese mismo mes el presidente de la República checa, Miloš Zeman, declaraba la intención de su país de utilizar las vacunas de Gamaleya y del laboratorio chino Sinopharm para poder acelerar la campaña de vacunación. “Las vacunas no tienen ideología”, aseguró Zeman. El primero de marzo aterrizaba en la ciudad eslovaca de Kosice un avión con un cargamento de 200.000 dosis. De acuerdo con el presidente del Fondo Ruso de Inversión Directa (RDIF), Kirill Dmitriev, en una noticia de Euronews, la vacuna ha sido aprobada para su uso en Hungría, Serbia, Montenegro, República Srpska y Bielorrusia. Nueve países de América Latina hasta ahora han aprobado su uso: Argentina, Bolivia, Guatemala, Guyana, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay y Venezuela. Pocos días después de que llegase a Eslovaquia, la Agencia Europea del Medicamento (EMA) comenzaba su revisión de la vacuna a petición de la farmacéutica alemana R-Pharm Germany GmbH. Vaya, la vacuna rusa funciona, pese a todo.

¿Se depurarán responsabilidades, veremos a los autores de todas aquellas piezas de desinformación corregir sus textos? Permítanme responder a esta pregunta: por supuesto que no. El periodista estadounidense Mark Ames escribió hace un par de años la máxima del periodismo mainstream en lo tocante a nuestros enemigos oficiales: “Equivócate siempre, pero equivócate con el grupo adecuado de gente y por los patrocinadores más ricos”.

Sputnik V y el racismo respetable

Gamaleya comercializa su vacuna con el nombre de ‘Sputnik V’ en alusión al primer satélite artificial puesto en órbita por la URSS en 1957. ‘Sputnik-1’ tomó por sorpresa a EEUU y cuestionó su supuesta superioridad tecnológica (su satélite, Vanguard TV-3, se estrelló en un acto retransmitido en televisión). “Los rusos no pueden adelantarnos, son inferiores”. Existe en el diccionario un término para eso: racismo. A diferencia de otras formas de xenofobia, éste es respetable para el establishment.

Publicado en El Quinze, 12 de marzo de 2021.