Mi amigo Roger Peláez sostiene que es más interesante la vida de Eduard Limónov que sus libros. Razón no le falta y quien haya leído Limonov, la biografía –o, como su autor prefiere llamarla, una novela de no-ficción– escrita por Emmanuel Carrère, sabe de lo que hablo. En su periplo vital, Limónov se ha cruzado con todo tipo de personajes, entre ellos algunos músicos. En Nueva York era un habitual del CBGB y conoció, entre otros, a Patti Smith, Los Ramones y Richard Hell and the Voidoids. “Todavía escucho esa música, por supuesto. A todo el mundo le gusta escuchar la música de su juventud”, dijo en una entrevista con el diario The Guardian en 2010.

Menos conocida en Occidente es su relación con la ya de por sí poco conocida escena musical rusa y, en particular, con Yegor Létov (1964–2008). De Létov ha escrito Limónov que era el Sid Vicious ruso. Esto es, como muchas de las cosas que escribe Limónov, una exageración considerable. Létov fue mucho más interesante que Vicious en todos los sentidos, pero mucho menos conocido. Por desgracia, músicos como Létov se enfrentan a barreras lingüísticas y culturales que les impiden abrirse paso hasta un público occidental.

Yegor Létov nació en 1964 en Omsk, una ciudad en la estepa siberiana al norte de Kazajistán con una fuerte impronta industrial y militar. Debido a sus temperaturas extremas, el Imperio ruso construyó allí una katorga (colonia penitenciaria) a la que fueron desterrados, entre otros, un decembrista llamado Fédor Dostoyevski que, de aquella experiencia, nos legó Memorias de la casa muerta, uno de los mejores libros sobre el sistema penitenciario ruso. Hijo de un veterano de la Segunda Guerra Mundial y una médica, el joven Létov fue enviado a vivir con su hermano en Moscú, donde comenzó a interesarse por la música. De vuelta a Omsk fundó Posev, su primer grupo, en 1982, pero fue denunciado por “actividades anti-soviéticas” por la madre de uno de los guitarristas e internado en un psiquiátrico en 1985. A su salida al año siguiente, Létov se puso a grabar sus propias composiciones en cintas de casette –lo que se conocía como magnitizdat, por asimilación con el samizdat (literalmente: ‘hecho por uno mismo’)– con el nombre de Grazhdánskaya Oborona (‘Defensa civil’). Estas cintas –luego editadas ya como álbumes– y los primeros conciertos le trajeron nuevamente problemas con las autoridades, obligándole a pasar un año en la clandestinidad junto a su entonces pareja, la poeta y cantautora Yanka Diáguileva, que también colaboró intermitentemente con GrOb.

Grazhdánskaya Oborona –también conocido por su acrónimo, GrOb (“ataúd”, en ruso)– se haría pronto conocida por su sonido sucio, lo-fi, garajero y post-punk, y por sus letras, con un estilo fragmentado y enigmático tomado de la poesía de vanguardia rusa, principalmente de los simbolistas y futuristas rusos, a quienes Letov admiraba. Tras la desaparición de Viktor Tsoi –muerto en un accidente de tráfico en 1990–, quien mejor representó en la música las esperanzas de apertura y cambio de la perestroika, la música de GrOb se ajustaba como un guante al desengaño y la frustración de la generación que vivió, con perplejidad, la desintegración de la Unión Soviética, primero, y la terapia de shock neoliberal, después. Las letras de los primeros discos de GrOb se mueven entre el nihilismo, el absurdo –hasta aquí, como el punk en Occidente– y la crítica a la URSS desde posiciones anarquistas. Poco sorprendentemente, “Bsyo idiot po planu” (‘Todo va según el plan’), del álbum homónimo de 1988, una crítica doble a la pasividad de los ciudadanos soviéticos y las reformas de Gorbachov, se convirtió en un éxito y es, aún hoy, la canción más conocida del grupo. Massive Attack la incluyó en un concierto en Manchester el 4 de julio de 2013. Esta etapa está considerada por muchos como la mejor de GrOb, con canciones como “Chelovek cheloveka volk” (‘El hombre es un lobo para el hombre’), “Eto ne ya” (‘Ése no soy yo’), “On uvidel solntse” (‘Vio el sol’), “Moya oborona” (‘Mi defensa’), “Russkoe pole experimentov” (‘Campo de experimentación ruso’), “Vintovka — eto prazdnik” (‘El rifle es una fiesta’) o “Tak zakalyas stal” (‘Así se templa el acero’), entre otras.

Létov era uno de esos artistas con la rara capacidad de asimilar todo tipo de influencias musicales –psicodelia, garage, punk, post-punk, industrial, shoegaze, canción popular soviética y más– sin que luego se notasen en su obra. La lista de grupos que él mismo no tenía ningún inconveniente en citar en entrevistas es larga: desde Love, The Seeds, John Cage o The Monks hasta los Dead Kennedys, Sonic Youth, Swans, Test Dpt., SPK, Young Gods, Einstürzende Neubaten y Throbbing Gristle, pasando por otros menos habituales, como The Residents, Acid Mothers Temple, Mainliner o Green Milk from Planet Orange. Del post-industrial y el neofolk tomó el uso de material “encontrado” y reconstruido para sus (re)visiones de viejas canciones soviéticas en Zvezdopad (2000), que en ruso significa “lluvia de estrellas”. “En los últimos años, Létov decía que no quería escribir más canciones, que era mucho más interesante cantar las de otros”, dijo en un artículo de 2008 el escritor Zajar Prilepin. Eso es justamente Zvezdopad: un álbum de arqueología musical que da para un artículo por sí mismo, con versiones de canciones como “La canción del tanquista” (1942), “La niebla” –de la película Crónica de un bombardero (1967)–, “La canción del Ejército Rojo” –de la película Kortik (1973)–, “Y la batalla comienza” (1974) o “Hubo una guerra” de Bulat Okudzhava.

Létov grabó 45 discos de estudio: 23 con GrOb, 15 con Kommunizm (más noise), 3 con Egor i Opizdenevshie (con el que exploraba la psicodelia) y 4 en solitario. En 1990 no tuvo ningún reparo en suspender GrOb por miedo a que se convirtiera, en sus propias palabras, en “un proyecto de pseudo-contracultura comercial”. El grupo volvería a los escenarios en 1993 y, un año después, Létov se convirtió, junto con Limónov y el ideólogo de Tercera Posición Aleksandr Duguin, en uno de los fundadores del Partido Nacional-Bolchevique (NBP), del que tendría el carnet número 4. La mayoría de los militantes del NBP llegaban atraídos no tanto por su ideología como por su estética, esto es, por la literatura de Limónov y la música de Létov. La decantación del NBP hacia el nacionalismo ruso –al que años atrás había criticado en canciones como “Obshestvo Pamyat”, en referencia a la organización “patriótica y ortodoxa” de ese mismo nombre a la que se describe como “terror ruso”– hizo que Létov se distanciase del partido y acabase rompiendo con él. “Siempre he sido un anarquista y lo sigo siendo”, contestó a una pregunta sobre su ideología en una entrevista con Rolling Stone en 2007, y añadió que estaba interesado en el eco-anarquismo. Hacia el final de su vida, Létov volvía a sus orígenes. El 19 de febrero de 2008, fallecía de un ataque al corazón. Murió en su casa en Omsk, aquella ciudad “de urbanismo oxidado” –como él mismo la calificaba– en la que, a pesar de todo, y a contracorriente de las grandes estrellas con casa en Moscú y San Petersburgo, vivió toda su vida. Tenía sólo 43 años.

Entre el periodisme i la traducció.

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