La campaña de vacunación contra la COVID-19 en la Unión Europea, apenas comenzada, se encuentra con los primeros contratiempos. El prestigio y la legitimidad de Bruselas vuelven a quedar cuestionados.

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“No es que la pandemia esté cambiando el mundo que conocimos: es que no conocíamos el fondo del mundo en el que vivíamos”, observaba Gregorio Morán en su última sabatina intempestiva para Vozpópuli. “La falta de medios de supervisión y de sanciones previstas ha hecho que en algunos lugares se beneficien de las dosis sobrantes políticos, funcionarios, familiares de trabajadores de residencias, gerentes de hospitales y hasta curas”, así informaba Euronews de la picaresca de algunos paisanos en la campaña de vacunación contra la COVID-19, y, de haber optado por un estilo más castizo, el redactor hubiera hablado de “las fuerzas vivas del lugar”: alcaldes, militares y curas. Con la pandemia, las sales de baño se han ido con el líquido por el desagüe y al descubierto ha quedado la mugre tenazmente pegada a la bañera: la vieja España caciquil, su corrupción, sus redes clientelares.

Con todo, cabe decir que, en esto, España is not so different. En un artículo de opinión para el diario británico The Guardian sobre la polémica con AstraZeneca después de anunciar ésta la reducción de un 60% de su suministro a la Unión Europea, el periodista Leo Cendrowitz, tras hacerse eco de las cifras de la campaña de vacunación en Reino Unido (10’8%) y la UE (2’1%), señalaba que “el objetivo de vacunar al menos al 70% de la población de la UE para este verano se antoja imposible: al ritmo actual, el bloque alcanzará sólo el 15% a finales de septiembre”. La publicación del contrato con la farmacéutica anglo-sueca, con toda la información sobre costes, precios y plazos de entrega tachados a petición de la empresa, únicamente servía para añadir aún más leña al fuego. El Salto publicó asimismo extractos del contrato de la Comisión Europea con la alemana CureVac, con la misma información tachada. Además, según este medio, “en caso de que la vacuna cause algún tipo de daño o perjuicio, ni la empresa ni la Comisión Europea serán responsables: los únicos responsables de pagar indemnizaciones del contrato firmado entre esas dos partes serán los Estados miembro […] Si algo sale mal, pagarán los Estados, pero si sale bien los derechos serán siempre de la empresa” incluso “si algunas de esas investigaciones han sido financiadas con dinero público”.

“Dado el limitado número de vacunas, tenemos por delante por lo menos diez duras semanas”, advertía en tono grave desde su cuenta personal en Twitter el ministro de Sanidad alemán, Jens Spahn. El 31 de enero, Spahn se mostraba abierto en una entrevista con el Frankfurter Allgemeine Zeitung a autorizar el uso de las hasta la fecha denostadas vacunas china de Sinovac y rusa del Instituto Gamaleya, conocida como Sputnik-V. Ello poco más de una semana después de la presentación a cargo de la ministra de Asuntos Exteriores española, Arancha González Laya, de un ambicioso plan del Gobierno de España para “garantizar el acceso de las vacunas a los países pobres” y, de acuerdo con la crónica de la agencia de noticias Europa Press, “menos adelantados con problemas para adquirir vacunas”. Resulta que a algunos de esos países a los que Bruselas iba a dispensar magnánimamente las vacunas que le sobrasen ya les va bien por su cuenta. Según Financial Times, Serbia es ya el segundo país europeo, por detrás de Reino Unido, en vacunas administradas a su población. Uno de los motivos que explica la rapidez en el despliegue del programa de vacunación es que Belgrado ha comprado un millón de dosis a la farmacéutica china Sinopharm, cuyo coste por unidad es inferior. “El mundo ha chocado contra un iceberg, como el Titanic, y los ricos y los más ricos únicamente se salvan a sí mismos y a sus seres más queridos”, declaró el presidente serbio, Aleksandar Vučić, quien, siguiendo con la comparación, acusó a las economías más avanzadas de “prepararse caros botes salvavidas para ellos, y quienes no somos ricos, quienes somos pequeños, como los países de los Balcanes occidentales, nos estamos ahogando juntos con el Titanic”. “Quizá no sea su intención”, agregó, “pero no es de particular importancia para ellos”.

¿No se suponía que la UE había de ser un modelo de gestión eficaz y transparente, más aún si la dirigían los alemanes? Claro que, ¿por qué íbamos a fiarnos de que quienes nos han metido en este atolladero iban a sacarnos de él? El humorista Roger Peláez lo resumía inmejorablemente hace unos días en Twitter: “Sobre todo esto de la COVID y la vacuna sólo quiero añadir una pintada que había en una tapia del río Congost en los noventa: ‘Quienes han hecho dinero ensuciando este río son los mismos que harán más todavía limpiándolo’.”

El orgullo francés, herido

Aunque la farmacéutica francesa Sanofi no ha renunciado a desarrollar su propia vacuna, al final pondrá sus instalaciones al servicio de la producción de la de BioNTech. Para Wolfgang Münchau, “una humillación insoportable en el país del pionero de la vacunación, Louis Pasteur”. Según pondera este economista en EuroBriefing, “el relativo declive de Francia en poder e influencia a menudo atrapa la imaginación de la ciudadanía” y “podría beneficiar a Marine Le Pen con su nostalgia por el pasado”.

Publicado en El Quinze, 5 de febrero de 2021.

Entre el periodisme i la traducció.